Redes Sociales

Redes sociales. Socializando en red. Enredando la sociedad. 

Llevamos ya unos años en los que las redes sociales han cambiado nuestro modus vivendi.  No voy a contar lo que hacíamos antes, pues yo soy de una generación en la que nací con teléfono en casa y tú, tal vez, no. Yo era de los que descolgaba a ver si el teléfono emitía algún tipo de pitido para cerciorarme que funcionaba bien y tú igual te asomabas por la ventana para ver si llegaba el cartero con la ansiada carta. 

Bien. Hoy ni descolgamos ni nos asomamos. Hoy damos un grito despotricando y cagandonos en todo

lo posible si un segundo después de haber hecho click en el botón de publicar tweet, éste no aparece en el timeline. Se nos olvida. Ya mi hermano el informático me dijo una vez, que ese tweet (él me hablaba de sms) ha de introducirse en el disco duro de tu ordenador, salir de él por un cablecito que lo envía a un satélite, éste lo enviará a otro satélite que a su vez lo remitirá a otro gran ordenador para que así el resto de la humanidad pueda verlo publicado en su ordenador personal. Exigimos, y digo bien, exigimos, que eso ocurra en menos de lo que tarda el ojo en parpadear. Me temo que nuestro nivel de exigencia va muy por delante del posible resultado. 

Volviendo al tema que me ocupa hoy, nos hemos vuelto esclavos de las redes sociales. Las tenemos de todo tipo. Las hay para porteras (Facebook), para fotógrafos (Instagram), adolescentes con cara de gotelé (Tuenti), para profesionales (Linkedin) y para gente curiosa (Twitter). 

No quiero catalogar más los distintos tipos de redes que existen, pero puedo hablar de mi propia experiencia. Comencé con Facebook cuando apareció en España. Todos me miraban con cara de este friki está zumbado. Todos aquéllos hoy tienen cuenta en Facebook. Yo la borré hace año y pico y tuve que volver a abrirla para poder usar el programa de música Spotify. La borré porque un día me encontré viendo fotos de un amigo de un amigo de una amiga de una conocida de una compañera del colegio. Pensé… Acabo de traspasar la barrera de la estupidez humana y me he convertido en el Mayor Cotilla del Reino. Es en ese mismo instante que eliminé mi cuenta. 

Lamentablemente volví a abrirla. Tras año y poco de desintoxicación he regresado con gran moderación. 

Abrí cuenta en Twitter. Allí puedo estar al día… qué digo al día, a la hora y al minuto de lo que ocurre donde yo quiera estar enterado de lo que ocurre. Pongamos que me interesa saber qué pasa en Murcia. No tengo más que seguir a un par de diarios locales, una emisora de radio y algún fulano de la zona. Tengo asegurada la información real time de lo que allí pasa. No es mi caso, sigo a pocos murcianos, pero sí de otros lugares y diversos sectores. 

Tuenti. Me pilló mayor. No lo conozco. 

Instagram lo tuve abandonado desde que me abrí una cuenta en ella. Nunca le encontré la gracia. Tengo amigos que sí. Sigo sin entenderlo. Es como las pelis de Woody Allen. O te entusiasman o no las entiendes. Yo soy de los segundos. 

Finalmente, la red social que más me gusta. No es la que más utilizo, pero sí la que más atractivo tiene. La barra del bar. Allí conoces a gente nueva, como en twitter, ves a amigos de siempre, como en Facebook, y memorizas fotográficamente cosas curiosas que allí ocurren como en Instagram. Una pequeña diferencia. Si le tienes que dar una leche a alguien se la das de verdad, y si le tienes que dar un beso se lo das, también, de verdad.

Nos vemos en el bar. 

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