El Guardián y mi oficina

Hay un tipo en las redes que se hace llamar El guardián entre el centeno. Escribe que da gusto. El muy cabrón consigue que cada relato que escriba parezca que lo he escrito yo, no por lo bien escrito, sino por lo que cuenta. Es como esos profesores, que al salir de clase piensas, esa lección me la ha contado sólo a mí. Pues bien, aún así, no me rendiré y seguiré dando la brasa por aquí. 


Dice en una entrevista que he leído por ahí que “aunque hay quien piensa que escribir de uno mismo es una vulgaridad, contar lo que uno conoce es lo que al final perdura”, y eso mismo pienso yo. Si quieres leer sobre economía, medicina, política,… existen muchos otros blogs donde hacerlo. Si lo que quieres es aprender algo nuevo sobre los pelos del sobaco de la rana salvaje de Arizona del Norte, olvídalo, ya lo he buscado y no hay nada escrito. Por último, si lo que quieres es dar un poco de ti, sacar esa generosidad que seguro tienes escondida ahí dentro, dejar las tablas contables que te ha mandado tu jefe terminar para antes de las tres y estás harto de ellas… si te pasa algo parecido a eso, pásate por aquí un rato y yo me ofrezco a regalarte esos minutos. 

Hablando de oficinas… Tengo la enorme suerte de haber trabajado, sólo, durante unos meses en una de esas horribles jaulas humanas. Fue hace una década y pico, en la calle Alberto Alcocer de Madrid. Me llamó un familiar, amigo del dueño de la empresa, para decirme que buscaban alguien de mi perfil (¿Qué perfil buscarían? Carecía de perfil, laboralmente hablando). Allí me presenté un martes por la mañana, poco antes de la hora de comer. Yo tenía idea de que a este tipo de entrevistas convenía ir con traje y corbata. Así hice. Me puse mis mejores galas, pensando que iba a por un puesto de Director de Relaciones Internacionales de cualquier multinacional. Me peiné y repeiné y allí llegué. Me presenté al entrar y me mandaron al fondo del pasillo a un despacho con varias mesas. En la del fondo estaba mi entrevistadora. Americana de nacimiento. Dijo llevar más de cuarenta años en España. Cuarenta años dedicados a agarrarse como a un clavo ardiendo a su asheinto ameiricanoh (léase con acento de Brooklyn). Me preguntó si sabía inglés. Afirmativo. Me preguntó si tenía carnet de conducir. Afirmativo. Me preguntó si estaba dispuesto a cobrar X (no recuerdo el sueldo). Afirmativo. 

Ok. You will start this misma tarde. 
Take it easy, pensé. Que yo esta tarde he quedado. Le hice ver que igual era algo precipitado. Y la convencí. Al terminar la frase, me dije: ¿Qué clase de capullo acaba de aceptar un trabajo… ¿aceptar?… y dice que prefiere no empezar cuando el jefe dice?

Bien, yo lo pensé, pero ella me lo recordó hasta el final de mis días allí. Siempre en tono jocoso porque me la gané, a ella, digo. 

Al salir de la oficina, salió corriendo detrás de mi y me dijo una última frase. It’s summer, don’t you come tomorrow dressed like a yuppie. Y entonces, ¿cómo? Cassual. 

Miércoles. 9:00 am. Me presento en la oficina con una camisa, pantalón color beige y mocasines marrones. Me explican cual será mi función. Me pongo a ello delante del ordenador y pegado a un teléfono cual operadora colombiana de Movistar y allí que empiezo a echar mis primeras horas en una oficina. 

Aparece el Gran Jefe. Me mira. Le miro. Le sonrío. No me sonríe. Mira a mi jefa directa. Ella le devuelve la mirada. Se masca más tensión que en los juzgados de Marbella. Me mira ella. Le levanto las cejas. Me sonríe y me pide que salga. 

Lo último que oigo al levantar el pie del suelo antes de cruzar el umbral de la puerta es Cierra al salir. 

Pasan diez minutos en los que yo, el nuevo, sabía perfectamente que el protagonista de la discusión que allí se trataba era yo, y solamente yo. 

Tío, llevas cuatro horas trabajando en algo medianamente serio, lejos de aquellas noches repartiendo copas por Madrid, de aquél parque de atracciones disfrazado de monstruo asustando a niños, de esas clases particulares de mates e inglés… todo aquello estuvo bien, pero esto parece algo más serio. Más de adulto. Y, como digo, cuatro horas después parece que ya te están preparando una salida rápida. 

Sale el Gran Jefe. Le sonrío. Me mata con su mirada. Me quito el sudor de la frente con un kleenex que llevaba en un bolsillo. Entro. Me cuenta mi jefa que todo el problema es mi forma de vestir. ¡Coño! ¿En qué quedamos? A que mañana me vengo con un chandal que tengo por ahí perdido en el armario. Pues no, mi jefa dice que mañana con traje y corbata. 

Jueves. 9:00 am. Me presento en la oficina con el traje del martes. Otra camisa y una corbata de ositos que me regalaron los Reyes pasados. 

10:00 am. Nos llama el Gran Jefe a todos. Vamos a sala de juntas. Se sientan los que pueden. El resto a estirar la espina dorsal un rato. Tema del día: Vestuario de verano. Joder, con la ropa. Que esto parece todo menos lo que es. Gracias al nuevo (sí, ese soy yo) a partir de la semana que viene, durante los meses de verano, julio y agosto, se podrá venir a trabajar de forma casual. ¿Casual? Casualmente le metía yo dos leches a éste, que he llegado yo y se ha liado la monumental en la oficina. Bueno, pues tuvo tanto éxito la buena nueva, que fui invitado a comer, al café, al pacharán de después y a un par de copas por mis logros. Logros que no fueron míos, pero que visto el éxito me apropié. Tanto es así, que volví con tal pedo a la oficina, que me quedé frito durante unos diez minutos en mi mesa. Me pilló Tere, la que venía a limpiar por las tardes. Me dio con la escoba en los pies y me dijo… 

Tú sigue así que todavía implantas la siesta. 






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