Un florero y una mesa.

Jueves. Primavera del 96.  

Son las nueve de la tarde. Te terminas de vestir mientras celebras en tus pensamientos que por fin has conseguido la ansiada cita con tu vecina de mesa de despacho. Te pones tus mejores galas. Sales de tu cuarto. Vuelves para ponerte esa colonia que te regalaron por tu cumpleaños. Ante la duda, te duchas otra vez provocando que las moscas caigan asfixiadas al suelo. Sales sin abrigo por las prisas y ganas que tienes de recogerla en la puerta de su casa. ¡Mierda! Los zapatos. Cada uno de un color.
Vuelves a tu cuarto. Abres el armario. Sacas todos cual ladrón buscando joyas y consigues la pareja del negro abotinado. Te quitas el negro. No, ese no es. Te quitas el azul. Te pones los dos negros. Te cercioras. Todo bien. Sales y arrancas el coche. Llegas a su casa. Esperas dos minutos. Llamas al timbre y ahí está ella. Radiante. Bien, piensas. De momento todo va rodado. Llegáis a la calle del restaurante donde habías reservado quince veces con anterioridad por si sonaba la flauta. Esta vez sonó. De momento seguía sonando. Todo es perfecto. El restaurante ni lleno ni vacío. Lo suficiente para estar cómodos. Le cuelgan su abrigo. Os acompañan a la mesa y… ¡HORROR!

Un florero. Tres velas. Una caja con flores secas. Una carta… 

Espero que se lo lleven. Te sientas frente a ella y parece que está escondida entre las ramas del bosque. Giras la cabeza y le consigues ver la cara entera, pero tu postura es lamentable. Si sigues así el resto de la cena mañana acabas visitando a Juan, tu fisio. Mueves el florero. Para hacerlo, tienes que pedir ayuda pues en el lugar elegido está haciendo equilibrio la carta y la caja de flores secas. Si lo pones ahí, te das cuenta, se quemarán las flores con la llama de la vela. Le preguntas si le importa que apagues la vela. No hay problema. Apagas la vela. Al soplar salta cera en su vestido. Gesticula. No entiendes el gesto. Sigues con tus flores. Llamas al camarero. Le ruegas y suplicas que se lleve todo lo prescindible de la mesa. El muy cabrón casi se lleva tus gafas. Debe de pensar que tu miopía no te impedirá comer si, total, la comida no está lejos. Le dices que menos coñas. Te devuelve las gafas. Se lleva en tres viajes todo lo que le pediste que se llevase. Os toma nota. Pedís un par de entrantes y no recuerdas que pescado de segundo. El tuyo, sin espinas, por favor. No puedes perder tiempo con las espinas, estás a otra cosa. 

Viene con las bebidas. Vino y agua. Os planta dos botellas de 75cc de agua y otra de misma cantidad de vino tinto de Ribera del Duero. Piensas… Me está tomando el pelo. O se lo lleva… o se lo lleva. Dejas pasar unos minutos. Traen los entrantes. Tu deseada cita pasa de tener una piel morena a tenerla color uva. La ves sonreír a través de la botella de vino. Esto es tremendo. O se lleva las botellas, como ya le has pedido dos veces o le lanzas el pescado a la cara. Al final accede. Os castiga sin vino el resto de la cena. Mientras los de la mesa de al lado miran para otro lado les coges prestada su botella, que al parecer a ellos no les importa no verse las caras. Tienen: florero, caja de flores, velas, dos botellines de cerveza, una de agua y otra de vino… ésta última ya no, está a tus pies. Los gestos de tu acompañante no son descriptibles. Crees que has de aprovechar este momento y dar de ti el cien por cien… será tu última cita. De hecho te ha comentado algo de que quiere cambiar de oficina. No. De empresa. Se va a otra. Lo de la cera en el vestido le ha debido de sentar fatal. Lo de tu manía con las botellas…

La cuenta, por favor

En una mesa se sienta uno a comer, y como mucho a hablar un rato. Y en esa mesa tiene que haber, simplemente, lo imprescindible para comer: PLATOS, CUBIERTOS, VASOS, BEBIDA Y COMIDA. El resto… sobra. 

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