Hay 46.507.760 médicos en España

Mi abuelo Luis era médico. Médico de los de carrera de medicina. Pediatra para más señas. Bien, mi abuelo, el pediatra, siempre decía que en España había 40 millones de médicos. Hoy, unos años después de que él dijese aquello, la cifra ha aumentado. Hoy hay 46.507.760 médicos. Eso dice el Instituto Nacional de Estadística en su página web. 23.633.605 son mujeres, o médicas como dicen los cursis progres. Con el resto, ellos, llegamos a la cifra que supera los 46 millones antes citada.

Para ser más exactos, tendría que restarse a los menores de 18 años, pero vamos, que para el caso no importa. Hay médicos para aburrir.

Tenemos los médicos de carrera, como mi abuelo. Son aquellos que por vocación, obligación o cualquier otra razón deciden al terminar el bachillerato matricularse en la facultad de medicina y dedicar el resto de su vida a estudiar para atender como Dios manda al que vaya a ser su paciente. Un paciente que se encontrará en su consulta, en el quirófano, en la escalera de su casa, en el vagón de metro o en el asiento 23J de un avión. El médico es médico desde que se levanta hasta que se acuesta… Incluso hay veces que hasta dormido es médico. Mi agradecimiento hacia todos ellos.

Luego tenemos al médico sin carrera. Aquí caben muchos tipos. Está “la madre sabelotodo” que lleva al niño al pediatra, éste le receta un antiinflamatorio para el dolor de oído de su hijo y al salir coge la receta, la agarra con una mano, cierra esa mano, arruga el papel hasta darle forma cilíndrica y cual Larry Bird lo lanza a la papelera más cercana pensando: “Me va a decir a mí este inútil lo que le tengo que dar o no a mi hijo si como yo, que soy su madre, no le conoce nadie.”

Por otro lado está “la abuela”. Ella es de la escuela de Hipócrates. Todo lo que tú, como padre, o el médico de cabecera de tus hijos diga, está mal. No solo está mal, está fatal. “Cuando tú eras pequeño y tenías fiebre te dábamos un ungüento que te dejaba nuevo”… “Dale este jarabe casero que nos daba la bisbuela Antonia y unas gotas de anís del mono y verás como se le quita esa tos fea al niño.” Uno, que es del siglo XX y parte del XXI se hace el loco y al final ni ungüentos ni jarabes venenosos. Uno, un padre de hoy en día, coge al niño y se va al centro de salud correspondiente a que un profesional vea a su hijo.

Luego nos encontramos con los médicos neo-hippies. Estos son los que, tras leer un artículo en Readers Digest donde hablan de la terapia del ombligo o la psicología oculta del pulgar del pie deciden matricularse en una pseudo escuela de medicina donde, tras seis largas semanas, les darán un diploma con su nombre y apellidos para poder ejercer “la medicina” durante el resto de su vida. Eso sí, previo pago de unos cuantos miles de euros. 

Hace un par de años, por motivos de trabajo, fuimos unos cuantos a Lima. Durante el vuelo, mi compañera de asiento, Eva, leía un libro con muchísima atención. Tan es así que ni comió ni cenó en el vuelo. No tuvo tiempo más que de leer, releer, subrayar… empaparse de ese libro. A mitad de viaje le pregunté, por pura curiosidad, sobre el libro. “Ombligoterapia,” me dijo, “estoy haciendo un máster en Ombligoterapia”. ¡Coño! Se me ocurrieron cientos de preguntas a las que ella respondió con mucha paciencia. Incluso me invitó a tratar mi dolor de espalda prometiéndome que me lo quitaría desde el ombligo. El resto de compañeros de trabajo, que nos oían hablar, se interesaron y al llegar a Lima nos citó a todos en su habitación. Marta, tomaba apuntes con mucho interés, futura ombligoterapeuta, pensé. A Juan le dolía un tobillo desde hace tiempo. Se lo torció jugando al pádel. Eva le tumbó en la cama, le hizo levantarse la camisa. Le pasó las manos a una distancia de unos milímetros de su cuerpo desde la cabeza hasta el ombligo. Allí paró y comenzó a meterle mano. Le frotó, refrotó, hasta que, unos minutos después, deshizo el movimiento inicial, esta vez, de ombligo a cabeza. Le sacudió las manos alrededor de su cuerpo, como para limpiarle el polvo, o los malos espíritus, y zas… Juan se levantó sin cojera.

Mi turno. Me quito el polo, me tumbo. Empieza a pasarme la mano cerca y al llegar al ombligo me machaca. Lo mismo que a Juan. Al levantarme me preguntó por mis sensaciones. “Bien, yo no te voy a mentir, creo que si lo hago te perjudicaría. Te diré lo que siento en este momento. La verdad. Entré a tu cuarto con dolor de espalda y salgo de él con dolor de espalda y un dolor de tripa que no voy a poder acompañaros en la cena. Gracias de todas formas. Sigue estudiando.” Creí necesitar una epidural. Madre mía, qué dolor. 

Entiendo que por distintos motivos necesitemos ocupar nuestro tiempo en hacer cosas. Es estupendo que gente, incluso superando los 50, sigan queriendo estudiar. Pero, por favor, vosotros, los que tenéis ganas de ayudar al prójimo, los que tenéis mente de sanadores y curanderos, dejad que los profesionales nos sigan tratando. No vayáis por la vida repartiendo tarjetas de visita con vuestro nombre precedido de un “Dr.” en negrita y un título de DOCTOR EN PSICOLOGIA AMIGDALAR escrito justo debajo. No cuela. Hay otras formas de ayudar. Una en particular. Dejad que los médicos hagan su trabajo. Tanto los de bata blanca como los orientales. Llevan unos cuantos años haciéndolo y parece que no les va nada mal. Las flores, para el jardín… Dejad de hacer potingues con pétalos de rosa pretendiendo hacernos creer que cura el cáncer.

Dicho esto, os dejo que tengo cita en media hora y no llego. Voy a ver si me curan el disgusto de España en este mundial con un buen ron. Esa sí que es medicina de la buena. Chin chin.

                                             

Campamentos de verano

Llega el final de curso y el final de tus ideas. Llega el momento en pensar qué narices hacer con tus hijos mientras tus vacaciones están a años vista. Abres el cajón donde guardas el correo y buscas todos los trípticos, dípticos y resto de folletos de los maravillosos campamentos de verano. Buscas en internet. “Google, ayuda, esto va en serio, necesito ideas para ver qué hago con los niños en julio.” Vas a recoger las notas al colegio y lo de menos son los sobresalientes, notables… suspensos. Ahora lo que intentas es hacer corrillo para, con el resto de padres, empezar un brain storming de los buenos y recibir información y consejos. 

Una los lleva al campamento de día de su ciudad. Otros al pueblo inglés que ni es pueblo ni es inglés. Los Pérez se van todos al sur de Francia a un rollo comuna que ya les preguntaré a la vuelta porque no he entendido nada de lo que me han contado. Pablo, el pobre Pablo, que lo que quería era quedarse en casa, al final se va a un campamento de pseudo scouts. Y el friqui del padre de Moncho ha conseguido plaza en un Summer Camp de fútbol donde le prometen sacar lo mejor de su hijo para crear al próximo Cristiano Ronaldo. Lo lleva clarinete. Yo he visto a Moncho jugar al fútbol y lo más redondo que ha visto ese niño es su descomunal tripa que llena de donuts todas las tardes después del colegio. 
Hace un mes, o así, recogiendo a los niños a la salida de clase, me encontré con Gabriel. Tiene dos niñas. Una de siete años y la mayor de diez. Su mujer, que es profesora, se negaba a mandarlas a ningún campamento este verano. Como tiene un horario flexible en verano se ofreció para pasar las mañanas con ellas y Gabriel se ocuparía por las tardes. Me contaba Gabriel, que Marta, su mujer, pensaba que los campamentos eran como sucursales de Guantánamo repartidas por todo el mundo. Que si allí solo iban los niños delincuentes, que si lo único que les aportarían los quince días en la sierra era una colección de insectos por parásitos, que ya tenía suficiente con los piojos del colegio. Total, que Gabriel, que había sido Boy Scout de pequeño, cedió. 
La semana pasada acabaron las clases. Las niñas madrugaban algo menos que para ir al colegio. En lugar de levantarse a las 7:00 como todo el año, lo hacían a las 7:30. Gran generosidad por su parte. “Así mamá descansa y duerme un rato más.” Antes de las 8:00 ya habían discutido por algo. A las 9:00 primer grito de su madre. Os portáis bien o no hay piscina. Las niñas, erre que erre, pelea tras pelea, grito por aquí y gritos por allá. Vale, hoy no hay piscina. Pensando en castigar a las niñas, la más perjudicada es su madre. Sin piscina no hay forma de quitarse el calorazo de encima. Además, los 80 metros de su casa no dan para estar dos niñas endiabladas 24 horas seguidas sin salir a la calle. Se asoman a la ventana, ven a sus vecinas hacer gamberradas en el agua mientras ellas sufren en su quinto piso con vistas al sol… sol por la mañana, sol por la tarde, sol todo el día. 
Gabriel está reunido con su jefe arreglando un contrato que hay que cerrar para el viernes. No hace más que vibrarle el teléfono. Lo mira. Es Marta. Vuelve a vibrar. Marta otra vez. A la tercera responde. 
– Marta, dime, estoy reunido. 
– Las niñas se van. Me da igual si aprenden inglés, yoga, o flamenco, pero las niñas se van. Que se hagan scouts o alpinistas pero aquí no se quedan todo el verano. Las acabo de apuntar a un campamento en Murcia. El autobús sale en dos horas. O vienes o no te despides de ellas. 
– Imposible, no les hagas eso. Dame el número de teléfono del campamento que lo cancelo. 
Media hora después, vuelve a sonar el teléfono de Gabriel. 
– Gabriel, cariño, sabes que te quiero, pero he visto en la intranet del colegio que necesitan una cocinera para el Summer Camp de Burgos. No he podido decir que no. Esta noche llevo a las niñas a casa de tus padres. Todo está arreglado. Por cierto, vuelvo el 30 de agosto. Biiip… Biiip… Biiip… 

“El ser humano es bueno por naturaleza”

 
“No todo el mundo es malo por naturaleza”. 
“El mundo está lleno de gente buena”. 
“Uno es inocente hasta que se demuestre lo contrario”. 
“No existirían los malos si el mundo no estuviese lleno de buenos, no tendrías con quién compararlos”. 
 
La semana pasada, camino de casa de mi padre, me dirigía por la M30 hacia La salida de O’Donnell (me viene a la cabeza una frase que oí ayer en la radio, “La vida es como la M30, si te equivocas una vez la has cagado para siempre”). 
 
Una vez pasé el pirulí, me encontré con el habitual atasco de esa zona a esa hora. Los coches del carril derecho avanzaban, los del izquierdo también. Yo, como siempre, pensé, “una vez más me ha tocado

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Mear de pie en whatsapp

Hoy me he vuelto a ver metido en un tremendo lío. Las madres de los compañeros de colegio de mi hijo han creado un grupo de whatsapp. Me da un poco igual el hecho de que se pongan a cotillear como una manada de porteras a la hora de cierre de portales. Lo que no llego a entender es por qué me incluyen a mí. Vale que soy de los pocos padres que lleva a los niños al colegio casi a diario. Pase que me traigo a sus hijos muchas veces a casa, que debe ser la razón por la que casi todas tienen mi número de teléfono. Reconozco que mi defecto, o virtud, de hablar hasta con las farolas haga que todas me conozcan. Pero de ahí a meterme en sus grupos de madres… 

No es la primera vez. Aquella, la primera, me vi envuelto en una discusión cromática. Que si el regalo común que haríamos a una cumpleañera de 5 años era mejor un vestido rosa con un cuello estilo princesa en blanco roto, bordado a todo bordar con bodoques y rematado con unos botones estilo francés que rompen con el estilo clásico del patrón original. Mira, ni sabía lo que era el blanco roto, ni mucho menos el estilo ese francés del que hablaban y para qué contaros y aburriros con mi desconocimiento total de lo que es un bodoque… o un patrón. 
Me fui. Abandoné. En cuanto salió el tema elección de flores para la madre que invitaba me largué. Me piré sin previo aviso. No debió de sentar nada bien pues acto seguido me llegaron seis mensajes de seis madres pidiendo explicaciones. Respondí de una manera un tanto grosera, el tiempo ha pasado y así lo veo ahora… “El único que mea de pie soy yo. Las que lo hacéis sentadas, seguid discutiendo si es mejor un centro de margaritas de colores o un ramo de rosas sin espinas”. 
Lo han intentado varias veces más. Sigo buscando y no consigo ver nombres masculinos en la lista de miembros. Les he dado el teléfono de mi mujer. Pensé que pillarían la indirecta. Perfecto, lo han entendido a la primera, pero parcialmente. Ahora nos meten a los dos en los interesantísimos grupos que tanto me aportan. Vamos a ver, que yo no os meto a vosotras en los grupos de colegas discutiendo si es mejor cortar las palmeras del jardín con sierra o motosierra, o en aquél donde organizamos el partido de fútbol de solteros contra casados. Tampoco recuerdo veros en el sonadísimo grupo de la despedida de soltero de Juan. ¿Acaso os preguntamos algo de aquello? No, ¿verdad? Pues eso, que no quiero ser miembro de ningún Club de Madres. Insisto, cuando voy al cuarto de baño es posible que no levante las dos tapas como vosotras, pero es que no lo hago para sentarme, sino porque se me olvida. Meo de pie. 
Me reconozco paciente. Pero todo tiene un límite. Aprended de los vascos y sus asociaciones gastronómicas. No entran tías. Tomad nota del deporte. En la WTA (Asociación de Tenis Femenino) no hay tenistas con pelo en pecho… Joder, Navratilova me chafa este ejemplo. Aprended entonces del equipo de natación sincronizada, solo ellas. Tomad nota entonces: en el grupo “madres del cole” no hay sitio para mí, ni un hueco. 
 
Hoy, decía, me han metido en otro grupo. Hoy hay movida entre dos de ellas. Hoy… me quedo. 

Vaya racha

Llevo una racha malísima con lo que respecta a los temas del hogar. Hace un par de semanas, estando de Rodríguez,  tuve cena de amigos en casa y antes de acostarme puse el lavaplatos. Seis platos. Seis tenedores. Seis cuchillos. Cinco cucharas (Jorge no tomó salmorejo. Dice que pica mucho y le sienta fatal). Una docena de vasos. Un jarra. Y cuatro cacharros más. Hasta aquí todo normal. 

A la mañana siguiente me levanté con un mosqueo de cojones. La casa entera olía a lavandería. Juraría que me acosté con un par de copas de más solamente, pero por un momento pensé que llevaba un pedo gordo encima y no estaba en mi casa. Mi casa no huele así. Todavía  con los ojos medio cerrados, los músculos buscando su sitio y los huesos terminando de engrasar sus juntas, me propuse tomar un café antes de mandar por el desagüe de la ducha los restos de sueño que aún me quedaban. 
Abrí la puerta de la cocina y, de repente, me acordé de cuando estuve en las cataratas del Niagara en la primavera del 96. 
El agua empezó a correr por todas partes. La cocina, o lo que parecía serlo, comenzó a vaciarse mientras el resto de la casa pasaba a hacer justo lo contrario. 
Tengo un problema serio. El lavaplatos se ha jodido. ¡Qué narices! Tengo dos problemas. Tengo que arreglar el trasto ese y fregar toda la casa antes de que se cargue el parquet. 
Fregar se me da regular, más bien de culo, sinceramente. Pero de lo que sí estoy seguro es que no sé abrir el lavaplatos salvo por donde dice “open”. 
Llamo al técnico. Llega a casa, como bien me dijo por teléfono, a lo largo de la mañana, es decir, a las seis de la tarde. No hay como conocer los husos horarios, y el del gremio de ñapas es así, siempre 6 o 7 horas después de lo acordado. Desatornilla, desmonta, suspira, resopla, cambia un par de piezas rotas por otras nuevas, sopla por un tubito de goma, monta, atornilla y 250 euros por los servicios prestados. 
El martes siguiente, un par de días después de la inundación, empezó a salir una mancha negra en el salón de casa. Pensé que serían restos de vino de algún capullo de los que vinieron a cenar el sábado. Me arrodillé, acerqué mi nariz, olí y de Rioja nada de nada. Olía a limpio, demasiado limpio. ¡El lavaplatos! Era humedad que había salido por no haber fregado bien. Quedó un charco de agua enjabonada, una mierda de charco que hizo de las suyas y se cargó el suelo. Busqué el teléfono del seguro de la casa. Pregunté y me dijeron que sí que lo cubrían, que vendría un tal Ramiro a arreglaro. 
Ramiró llegó, a su hora pero llegó. Le acompañaban su hijo Cito (todavía me pregunto si era nombre o mote), su sobrino El Lijas (éste era mote fijo) y un tal Boris, que traía la nariz tan colorada como la caja de herramientas que plantaron en la cocina. 
Ramiro mandó ver el desperfecto. Mandó medir. Mandó vaciar el salón. Mandó subir las máquinas de la furgoneta. Mandó… mandó tanto que hasta me mandó a paseo. 
Volví a última hora de la tarde, ya entrada la noche. Allí estaban los cuatro sentados en la parte de atrás de su Fiat blanca. Tres de ellos manchados de polvo de pies a cabeza, impregnado en sus brazos debido al sudor pegajoso que debieron soltar mientras trabajaban. Ramiro estaba igual que llegó, impoluto, pero con un pedo de colores. Me parece que según me fui se bajó al bar de Antonio a hacer una cata de vinos mientras su hijo, sobrino y Boris arreglaron mi suelo. Es igual, tema zanjado. 
Lavaplatos como nuevo. Parquet del salón, nuevo. 
El jueves, volviendo de la oficina, en pleno atasco de vuelta a casa empezó a salir humo del motor del coche. Para variar, me pilló en el carril rápido donde todos iban a unos 30 km/h. Me las vi y me las desée para llevar el coche al lado del arcén. Le eché un par y corté la M40. Ahí nadie me ayudaba ni me dejaba cambiar el coche de carril. Yo empujando solo, girando el volante, y vuelta a empujar. Como nadie se solidarizaba y al ver que no lo iban a hacer, como decía, corté la carretera. Abrí el maletero y empecé a colocar de todo en línea recta en perpendicular al sentido de la carretera. Los coches de delante avanzaban mientras yo colocaba paraguas, raqueta de tenis, palos de golf de juguete de mi hijo, la rueda de repuesto, el gato, el mapa de carreteras de Repsol del año 2001, el de Campsa de 1987, y también, un par de triángulos sin montar, que no hay Dios que los monte. La gente pitaba. A mi me daba igual, yo saqué fuerza de donde no me quedaba y acabé dejando el coche en el arcén. Pusé los intermitentes comencé a recoger todo. Los palos no, el hijoputa del Corsa se los cargó por impaciente. Pasó su viejo Opel por encima de ellos. 
Llamé a la grua. “En no más de 20 minutos llegará la grua”. Correcto. En 15 llegó. Abrió el capó y flipó. Aparentemente me cargué el coche. Empezó a hablar de cosas que yo solo había escuchado en ese programa de Discovery Channel donde restauran coches viejos. Como siempre lo veo mientras me intento pasar algún nivel más del Candy Crush no me entero de nada. Lo subió a la grúa para llevarlo al taller. Una vez arriba, se le ocurrió vaciar su botella de Lanjarón en el depósito del agua del coche. “Arranca niño” y el niño arrancó y el coche funcionó. Bajó el coche de la grúa y tras firmarle el parte, se largó. 
Anoche me tocó hacer cena. Mi mujer llegaba tarde del trabajo. Normalmente la hace ella. Miré el menú del colegio de los niños y, bingo, tocaba “huevos y verdura”. Chupado. Eso lo hago en un periquete. Saqué los huevos de la nevera. Partí la cáscara y eché el contenido en un bol. Así cinco veces. Los dos últimos como en Master Chef, con una mano. Cogí una bolsa de patatas fritas que estaba a medias y las eché en el bol. A los niños sé que les chifla esa tortilla. Puse un chorro de aceite en una sartén. Una vez caliente eché todo dentro de la sartén. Mientras se iba haciendo preparé una ensalada. Se me complicó el aguacate. Me puse perdido y el hueso salió volando. “Luego lo recojo que se me quema la tortilla”, pensé. Saqué una cosa para dar la vuelta a las tortillas que nunca antes había usado pensando que era la tapa de algo. En ninguna de las tres anteriores veces que hice torti… lo que acabó siendo un revuelto lo usé. Le di la vuelta, funcionó y ya solo quedaban un par de minutos. O no. Igual era uno, la tortilla se me quemó. Más que quemada, estaba super hecha por dentro. Vamos, que la comimos pero estaba asquerosa. Para tirarla a la basura. 
¿Y a quién cojones llamo yo ahora? Si mis hijos no fueran unos tragaldabas y unos santos y me hubieran rechazado la mierda de tortilla que les hice… ¿Qué seguro cubre eso? ¿Qué Ramiro de turno viene y te arregla ese problema? Por que esto sí que es grave. El próximo día me paso el menú del cole por el Arco del Triunfo y cocino lo único que me sale de cine…
“Sí, tres medianas… una pepperoni con extra de queso, otra…”

Intolerancia a la alergia

Estamos a final de curso. Época de exámenes. Empieza el verano. Abren las piscinas. Suben las temperaturas. Al trastero los uniformes y a llenar el armario de pantalones cortos, alpargatas y trajes de baño. La crema solar la podrás encontrar desde en el cuarto de baño hasta en el maletero del coche pasando por sitios tan inverosímiles como debajo de una almohada o en la caja de los clicks. 
Nos han vuelto locos con el tema del sol. Cuando éramos pequeños llegábamos a la playa, vaciaban el coche de trastos veraniegos y empezaba el horario de verano. Se resumía en dos partes. Playa y no playa. Todo el día andando sobre arena. Nos convertían en beduinos durante un par de meses. Exprimíamos la imaginación hasta niveles insospechados. Había que estar en la playa de sol a sol. Lo pasábamos pipa, eso sí. 
Los primeros días de playa eran algo duros. Humillantes. Ríete de las modelos de pasarela de hoy, flacas y pálidas. Nosotros éramos el vivo ejemplo de haber pasado nueve meses debajo de un flexo con bombilla de 40 o 60 vatios. Con un poco de suerte, si te tocaba pupitre cerca de la ventana de clase, intuías el sol. Al pisar por primera vez en la playa, nuestras madres nos embadurnaban con los restos de la crema del verano pasado. Al acabar ese bote, o al darse cuenta que la fecha de caducidad era de hace tres veranos, decidían comprar un frasco nuevo de Nivea. Sí, Nivea, la de los balones. Pasábamos de tener la piel blanca como un irlandés a tenerla blanca como la leche de la Priégola. Nos ponían, no una ni dos, sino tres o cuatro capas de ungüento blanco para protegernos de los rayos del sol. Ni UVA ni leches. Nos protegían del sol, a secas.
Pasaban los días, las semanas, y empezábamos a ver como nuestras pieles oscurecían. No por el paso de los días, sino porque veían que se acababa la crema y, total, para lo que queda de verano con una pizca nos valdría para todo el día. 
Así llegábamos a casa, tostados de cintura para arriba y de muslos para abajo. El culo, igual que salió de casa en junio, fresco y blanco. Impoluto. 
Pues bien, esto venía a que en aquella época se nos cuidaba de aquella manera. Se nos mal protegía del sol. Y sobrevivimos a todo aquello sin problemas (siempre hay excepciones, pero la grandísima mayoría todavía damos algo de guerra).
Hoy, usando un término de mi hijo, ultramegasuperprotegemos a nuestros hijos. Que si crema solar para la cara factor 80, aceite antidermatitis, crema solar para el lado derecho del cuerpo factor 60+, base de crema mezclada con aceite de aloe vera para los dedos gordos de los pies… Es tremendo. Entras en una farmacia a por aspirinas y no solo no sales con aspirinas sino que sales con dos bolsas llenas de potingues para todo el verano de este año y de la década siguiente. 
Los niños más blancos de piel se bañan con camiseta. Los hay que llevan doble capa y hasta un kit de buzo de neopreno. Las sombrillas de brezo de toda la vida ya no valen, ahora tienen que ser certificadas por AENOR y la UE y la International Society of Gilipolleces Veraniegas. Han de ser de una tela gruesa y embadurnadas con una capa de barnices antisolquetecagas. 
Si llegas a la playa y dejas que tu hijo se bañe tal cual ha llegado, tienes muchas papeletas de que te quiten la custodia durante el resto de verano. Te denuncia el vecino de toalla y te las ves con el Juez de turno. 
Consecuencias de todo esto: las alergias. Hoy entras en el comedor de un colegio cualquiera y tienes más tipos de comida que el Zoo. Que si para intolerantes a los frutos secos, alérgicos al huevo, celíacos, alérgicos a la lactosa, al pescado, a la soja, al melocotón en almíbar, a… ¿Habrá intolerancia a la Coca-Cola? No, no creo. O igual sí. Hay de todo para todos. 
Hoy te dejan a un niño para pasar la tarde y te lo dan con un manual de instrucciones para no meter la pata y cometer homicidio imprudente por haberle dado un bocata de chorizo para merendar. Hasta el chorizo, si lees lo que pone en el paquete, lleva trazas de huevo. 
De todas formas y, para ir terminando, yo tengo mi propia teoría. La culpa de todas estas alergias, intolerancias, etc. no es ni por los rayos UVA, ni la superprotección, ni de la contaminación (como he leído por ahí)… La culpa de todo está en casa. Lo vemos a diario. Lo vemos por la mañana, a mediodía y por la noche. Cada vez que entramos en la cocina. Los culpables son LOS IMANES DE LA NEVERA. 
Sí. Antes no llenábamos las neveras de imanes. Hoy, casa que se precie tiene la puerta de la nevera repleta de imanes. De Teruel, de Sidney, del fontanero con su teléfono, de las páginas amarillas, de la mascota del evento de turno… Hay imanes para todos los gustos. 
Al poner tantos, seguro que afectan de alguna forma en los alimentos ahí metidos. Estoy plenamente convencido que con sus poderes magnéticos afectan de alguna forma a la calidad del chorizo, de la leche y los huevos. Por no hablar del suero de los yogures. Antes no tenían tanto, hoy es mitad yogur, mitad suero. Los imanes destrozan los yogures. 
Si quieres a tus hijos, tira los imanes. Quémalos. No los tires. Destrúyelos. Están cargándose nuestro futuro. La salud de nuestros hijos. Nuestra salud. 
¡Fuera imanes! ¡Fuera alergias! ¡Quiero comida desimantada! 

Accidentes son eso, accidentes.

9 de la mañana. Suelto a los niños en el colegio. Me encuentro con una “madre del cole” y nos ponemos a hablar de los exámenes de nuestros hijos. Continuamos la conversación tomando un café con leche en un bar cercano al colegio. 


Vuelta a casa. Tras varios mensajes whatsaperos de ida y vuelta me confirma mi amigo Óscar que tengo entradas para ir a la Corrida de la Beneficiencia a la que también irá el rey “abdicado”. Uno en zona sol y otro en sombra. Adivina a quién le toca cada sitio.

Voy a recoger a los niños al colegio. Les llevo a casa de sus abuelos. Como algo y me voy a Madrid con tiempo para darle un fregado al coche ya que hoy, otra vez, como conté en mi último post, llevaré a los picadores a la plaza. 

Echo un par de euros en la ranura correspondiente, empieza a salir agua a presión mezclada con algo de jabón. Vuelta entera al coche. Presiono el botón de aclarado y tras la segunda vuelta, el coche queda como los chorros del oro. Fácil, pues hace un par de semanas lo recogí del taller donde lo pintaron entero. 

Llego al hotel de la cuadrilla. Charlo un rato con algunos de ellos. Metemos los trastos en el maletero. Saco las sillas de los niños y aparecen los picadores. 

Atascados en Alcalá, se empieza a notar que el “abdicado” presidirá la faena de hoy. Llegamos a la puerta de cuadrillas y me despido hasta terminada la corrida.

Gritos de “¡Viva el Rey!”, un par de orejas, un par de toros de pena, un silencioso y poco acompañado “¡Fuera los Borbones!”, y aplausos y más aplausos. 

Termina la faena. Alcalá de vuelta al hotel. Soltamos lastre al llegar. Me despido hasta la próxima, posiblemente en Ávila el día 15. 

Paseo del Prado de camino a casa. Tráfico lento. Conduzco mi reluciente y recién pintado coche cuando tras un frenazo del coche que me precede, hago lo mismo por evitar golpearle y… 
Una señora de unos sesenta años conduciendo un Volkswagen gris hace, también, lo mismo, patinando las ruedas… Golpeándome la parte trasera derecha. Destrozando el parachoques. Noto como salta la, todavía húmeda, pintura por los aires. Creo ver el sudor de los mecánicos que me arreglaron el coche chorrear por el asfalto del Paseo del Prado. Salgo del coche tras aparcarlo en el carril bus para comprobar los daños. Se me saltan las lágrimas. Lanzo una primera mirada asesina al parabrisas delantero de la criminal que me golpeó instantes antes. Miro al suelo. Miro el parachoques otra vez. Vuelvo a mirarle, esta vez a los ojos, y veo en ella una asustada mujer con cierto sentimiento de culpa. Me mira. Sus ojos se disculpan sin todavía mediar palabra. 

Automáticamente, algo dentro de mi me dice que baje los humos, que ella no ha tenido ninguna culpa. Si, al fin y al cabo, los accidentes se llaman así por algo. Son, símplemente, accidentes. Afortunadamente ha quedado en eso. En pintura recién aplicada saltando por esos aires contaminados de Madrid. Incrustándose en las pequeñas grietas del negro asfalto de la calle. Su coche. Ni un rasguño. Tal vez uno. 

Busco los papeles del seguro, iluso de mi. No están. Acabo de cambiar de compañía de seguros y solo tengo el mail de confirmación. Llevo, exáctamente, dos días, cuarenta y ocho horas, con este coche asegurado por esta nueva compañía. Intercambiamos datos. Quedamos en hablar, con algo más de calma, mañana por la mañana. Afortunadamente, compartimos compañía de seguros. Todo será fácil y rápido, me dicen por teléfono en Atención al cliente. 

Retomo mi camino de vuelta a casa. Pongo la radio. La apago. Pienso: “Estoy orgulloso de ti. La podías haber montado, incluso con razón, y no lo has hecho. Tenías dos formas de afrontar ese problema. Has optado por la mejor manera de ambas. Sigue tranquilo. Llega a tu casa. Descansa. Mañana será otro día.” 

Dejo de pensar. Dejo de escribir.