Accidentes son eso, accidentes.

9 de la mañana. Suelto a los niños en el colegio. Me encuentro con una “madre del cole” y nos ponemos a hablar de los exámenes de nuestros hijos. Continuamos la conversación tomando un café con leche en un bar cercano al colegio. 


Vuelta a casa. Tras varios mensajes whatsaperos de ida y vuelta me confirma mi amigo Óscar que tengo entradas para ir a la Corrida de la Beneficiencia a la que también irá el rey “abdicado”. Uno en zona sol y otro en sombra. Adivina a quién le toca cada sitio.

Voy a recoger a los niños al colegio. Les llevo a casa de sus abuelos. Como algo y me voy a Madrid con tiempo para darle un fregado al coche ya que hoy, otra vez, como conté en mi último post, llevaré a los picadores a la plaza. 

Echo un par de euros en la ranura correspondiente, empieza a salir agua a presión mezclada con algo de jabón. Vuelta entera al coche. Presiono el botón de aclarado y tras la segunda vuelta, el coche queda como los chorros del oro. Fácil, pues hace un par de semanas lo recogí del taller donde lo pintaron entero. 

Llego al hotel de la cuadrilla. Charlo un rato con algunos de ellos. Metemos los trastos en el maletero. Saco las sillas de los niños y aparecen los picadores. 

Atascados en Alcalá, se empieza a notar que el “abdicado” presidirá la faena de hoy. Llegamos a la puerta de cuadrillas y me despido hasta terminada la corrida.

Gritos de “¡Viva el Rey!”, un par de orejas, un par de toros de pena, un silencioso y poco acompañado “¡Fuera los Borbones!”, y aplausos y más aplausos. 

Termina la faena. Alcalá de vuelta al hotel. Soltamos lastre al llegar. Me despido hasta la próxima, posiblemente en Ávila el día 15. 

Paseo del Prado de camino a casa. Tráfico lento. Conduzco mi reluciente y recién pintado coche cuando tras un frenazo del coche que me precede, hago lo mismo por evitar golpearle y… 
Una señora de unos sesenta años conduciendo un Volkswagen gris hace, también, lo mismo, patinando las ruedas… Golpeándome la parte trasera derecha. Destrozando el parachoques. Noto como salta la, todavía húmeda, pintura por los aires. Creo ver el sudor de los mecánicos que me arreglaron el coche chorrear por el asfalto del Paseo del Prado. Salgo del coche tras aparcarlo en el carril bus para comprobar los daños. Se me saltan las lágrimas. Lanzo una primera mirada asesina al parabrisas delantero de la criminal que me golpeó instantes antes. Miro al suelo. Miro el parachoques otra vez. Vuelvo a mirarle, esta vez a los ojos, y veo en ella una asustada mujer con cierto sentimiento de culpa. Me mira. Sus ojos se disculpan sin todavía mediar palabra. 

Automáticamente, algo dentro de mi me dice que baje los humos, que ella no ha tenido ninguna culpa. Si, al fin y al cabo, los accidentes se llaman así por algo. Son, símplemente, accidentes. Afortunadamente ha quedado en eso. En pintura recién aplicada saltando por esos aires contaminados de Madrid. Incrustándose en las pequeñas grietas del negro asfalto de la calle. Su coche. Ni un rasguño. Tal vez uno. 

Busco los papeles del seguro, iluso de mi. No están. Acabo de cambiar de compañía de seguros y solo tengo el mail de confirmación. Llevo, exáctamente, dos días, cuarenta y ocho horas, con este coche asegurado por esta nueva compañía. Intercambiamos datos. Quedamos en hablar, con algo más de calma, mañana por la mañana. Afortunadamente, compartimos compañía de seguros. Todo será fácil y rápido, me dicen por teléfono en Atención al cliente. 

Retomo mi camino de vuelta a casa. Pongo la radio. La apago. Pienso: “Estoy orgulloso de ti. La podías haber montado, incluso con razón, y no lo has hecho. Tenías dos formas de afrontar ese problema. Has optado por la mejor manera de ambas. Sigue tranquilo. Llega a tu casa. Descansa. Mañana será otro día.” 

Dejo de pensar. Dejo de escribir. 




Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *