Los Ángeles… del infierno

Recién aterrizado en Madrid de un largo viaje procedente de Los Ángeles me pongo a pensar sobre lo que he visto en los últimos días. Vengo del país adonde muchos ansian llegar para cumplir su personal sueño americano. Del país donde te prometen y aseguran el éxito. Allí, donde pasas de cero a cien en tu currículo en menos tiempo de lo que tardas en abrir y cerrar los ojos.

Bien, puede ser cierto, no lo dudo, pero luego está la realidad. Esa que no sale en las guías de viajes. Esa que evitan que veas en los tours. Esa que hasta los GPS no quieren que veas. Esa que, esta vez, he visto yo.
En Los Ángeles puedes estar pisando las estrellas de los famosos, guapos y ricos actores de Hollywood mientras esquivas a decenas de personas que sobreviven durmiendo en las aceras.

En Los Ángeles puedes ir con tu Mustang descapotable de alquiler a cualquier playa del norte como Santa Mónica, Malibú, Santa Bárbara… o a cualquiera del sur como Newport, La Jolla… donde es más que probable que tu coche parezca sacado de un todo a cien comparado con lo que por allí pasean. Como digo, puedes ir a cualquiera de esas playas y mientras buscas sitio en las calles cercanas a la línea de playa, te vas encontrando cadáveres vivientes mendigando por un chusco de pan o una colilla de tabaco.
En Los Ángeles puedes probar suerte e ir en transporte público, ya sea tren, metro o autobús para ir de un punto A a un punto B. En esos largos trayectos ves esos que se dieron de bruces con el cabecero de la cama al despertar de ese sueño que tanto les juraron. Ves a gente que lo más nuevo que han estrenado en los últimos años es ese litro de lágrimas que caen por su rostro día a día.
Ves a esa madre adolescente que se escapa al mall pintada de arriba a abajo y te dice que lo único que va a hacer es pensar que compra algo mientras recorre los escaparates pues en realidad no puede comprar nada ya que en casa de su tía le espera ese hijo que tuvo en el colegio con un sinvergüenza que los abandonó.
Ves, sí, en esa parada de autobús, a una mujer que aparenta 70 pero que no debe de pasar de los 40, levatarse las faldas para hacer pis dentro de la misma taza morada de los Lakers donde debe de desayunar, y que una vez terminado lo introduce en una botella vacía de agua, la cierra, la guarda, limpia con un papel la taza, la guarda en su bolsa de trastos, se sacude la falda, saca su dolar con veinticinco centavos que le ha costado horrores conseguir, paga su viaje, se sienta a tu lado y suspira que está harta de vivir. Te bajas del autobús y de regreso al maravilloso hotel te cruzas con una joven que grita y pide ayuda desconsoladamente por que el mendigo que duerme delante del Starbucks donde ella trabaja se desploma al suelo y pierde el conocimiento. Nadie ayuda por miedo… asco, repugnancia y odio es lo que sus caras delatan… se acerca una ambulancia le hacen la reanimación, con la buena, o mala suerte, de salvarle la vida.
Los Ángeles, allí donde ves que dos policías en moto persiguen a un chico de no más de doce años, le alcanzan, le tiran al suelo a punta de pistola, le esposan y todo… todo por que ha robado un monopatín y yo pensando que era la versión joven de Bin Laden que estaba preparando el próximo 11S.
Los Ángeles… Los Ángeles del infierno. Ciudad donde puedes pasarlo en grande en las atracciones de Disney, Estudios Unversal o Lego Land pero donde la verdadera y más macabra montaña rusa está en sus propias calles, en sus aceras.

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