Gabriel. Uno más. Otro más.

8 años.

Nació. Aprendió a respirar. Aprendió a gatear. Aprendió a andar. Aprendió a hablar. Mamá. Papá. Posiblemente, sus primeras palabras. Aprendió los colores. Las formas. Los números y las letras. Aprendió a escribir. Mamá. Papá. Posiblemente, sus primeras palabras. Aprendió a leer. Aprendió a sumar. Tanto. Aprendió tanto en tan solo 8 años. Tanto y nada. Dejó de aprender mucho. Muchísimo. Aprendió poco. Alguien le negó seguir aprendiendo. Seguir disfrutando. Seguir viviendo. Y aprendió. Aprendió, por culpa de un desalmado, que la vida, la que le prometieron que sería larga, se quedó en 8 años. Tan solo 8.

Se ha dicho tanto. Se va a decir más. Las redes sociales, las que él veía usar a sus mayores, hacen fácil opinar. Soltamos sapos y culebras. Con razón. Si hay un niño de por medio, con más razón aún. No hay derecho a que nadie, digo NADIE, le robe la vida a nadie, digo NADIE. ¿Las razones? Da igual. Ninguna es válida. Y menos aún, si es a un niño de 8 años al que se le roba.

Salió a pasear, pensando en un luego. En un después. En un mañana. Alguien le robó ese sueño. Ese “mañana iré a tal sitio”, “dentro de tres días es el cumple de Pablo”, lo que sea. Da igual. No hay derecho. No hay derecho a que quién haya sido haya roto esa vida en mil pedazos. Su vida. Mamá. Papá. Probablemente, sus primeras palabras. Probablemente, sus últimas palabras.

Gabriel. Uno más. Otro más. Ojalá, ojalá, tu nombre sea el último. No, seguro que en algún lugar del mundo, de este desalmado mundo, otro nombre ya sigue al tuyo.

Descansad en paz.

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