Adiós, tele, fue un placer.

Soy de esa generación que nació con tele en casa. La primera que recuerdo en casa era una Grundig Super Color de color gris. Era pequeña. Tendría 14 o 15 pulgadas. No sé si en aquella época se medían igual o si se le daba tanta importancia al tamaño. Era cuadrada y pesada. Tenía una columna de 7 u 8 canales de los cuales usabas los dos primeros. La primera cadena y la segunda. Siempre me pregunté para qué había tantos más. Nunca imaginé que luego hubiesen hecho falta 300 más. No había tele para tanto botón. De la parte de arriba salía una antena que, casi siempre, acababa rota. Tenía tres palanquitas para cambiar el brillo, el color y el volumen. El mando a distancia éramos nosotros. Te levantabas y cambiabas. No había mucho que cambiar. No era tan necesario el mando. La pantalla era curvada. Si acercabas una bombilla podía encenderse de la electricidad estática que desprendía. Acercabas la mano y se oían chasquidos. Si dejaba de funcionar momentáneamente le metías un viaje con la mano abierta y del susto volvía a su ser. La letra con sangre entra. Me acuerdo que al apagarla la imagen se iba reduciendo hasta llegar a un pequeño punto blanco en el centro. Al encenderla bailaba la imagen hasta coger su sitio. Curioso funcionamiento.

Años después llegó otra Grundig Super Color algo más grande. Estaba forrada de un plástico color madera. Tenía guardados tras una puerta los canales. Me pregunto el porqué de esas medidas de seguridad. Al igual que la otra, tenía bastantes más canales que los que podíamos ver. Antena, brillo, color, volumen… y ¡mando! Juraría que tenía un mando forrado en madera, a juego con el espantoso plástico de la tele. Pesaba el doble que la anterior. Una vez se colocó en su sitio, ahí se quedó hasta que murió. Podíamos conectar nuestro primer ordenador, un Spectrum 48K. Y un video. Un Beta. Es lo mejor, mucho mejor que VHS. Menudo vidente el que se lo vendió a mis padres. Íbamos al videoclub y por cada película en Beta había 15 en VHS. Recuerdo el España Malta y la desgarradora voz de José Ángel de la Casa llorando cada uno de los 12 goles. Recuerdo el silnecio sepulcral a la hora de las noticias. Los rombos. Alaska y la Bola de Cristal.

Luego llegaron las asiáticas. Sony, Sanyo, Toshiba, Samsung. Ya había cadenas privadas. Un follón eso de ir pasando por seis o siete canales y decidir qué ver. Desapareció la antena. Desapareció la puertecita de los canales. Desaparecieron las palancas para el brillo, color… Todo estaba en un menú digital que aparecía al presionar ese botón del mando.

Hoy, años después de esas Grundig, esas Sony… hoy, a la tele le quedan dos días. Pasamos de aquellos monstruosos mamotretos que ocupaban medio salón a las planas planísimas de hoy día. Éstas, por muy delgadas que las hagan, ya son viejas. Ya no se usan en las casas. Entras en una casa, pasas al salón, ves ese monstruo de 40 o 50 pulgadas ocupando media pared y está apagada. Frente a ella un sofá, algún sillón, ocupados por los miembros de esa familia. Cada uno de ellos con una mini pantalla entre sus manos. Uno viendo la 1. Otro un programa de cocina. El otro el partido de ayer de la selección. Y el otro aprendiendo a hacer slime con videos tutoriales de youtube. ¿El mando? Da igual el mando. Ya no hace falta. La tele no se usa. Hoy quieres ver algo y se lo pides a Siri, a Google… a quién sea. La tele, como tal, está caduca. Los aparatos de televisión se usan para enchufar consolas, apple tv, discos duros… se usan sus aplicaciones, Netflix, Youtube… En breve recuperaremos ese espacio del salón y volverán las mesas camilla. Volveremos a sentarnos alrededor de una mesa. Antes, en la era pre-televisión, se juntaba la familia a hablar entre ellos, a jugar a las cartas, a compartir vivencias… Hoy, mañana, en la era post-televisión, será para hablar a nuestra tablet, jugar con nuestra tablet, compartir via bluetooth…

“Siri, quiero ver las Noticias de Antena 3.”

Adiós tele. Fue un placer.

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