Locos por el fútbol

Un día de fútbol. Otro más. Aquella tarde Juan y su hijo Paco fueron al bar de Lolo, en el vecino pueblo de Villaliebres. Subieron al coche y como otro domingo cualquiera sintonizaron la radio hasta encontrar la emisora en la que comentaban los prolegómenos del partido. Discutieron sobre si debía o no salir de titular el delantero centro de su equipo. Llegaron. Subieron las ventanas. Soltaron sus cinturones y bajaron presurosos para llegar a tiempo del inicio del encuentro. 

Como siempre, pasaron por la barra. Saludaron a Lolo con un ojo puesto ya en la televisión que colgaba de la pared del fondo. Hoy el bar estaba más lleno de lo normal. Era un partido especial. Se jugaban un hueco en puestos de Champions. Se mascaba tensión. A pesar de estar lejos de las ciudades de ambos equipos, los vecinos animaban a unos y a otros. Juan y Paco, por lo menos, coincidían. Pidieron dos cervezas y se sentaron en la mesa bajo el cartel que anunciaba la corrida de toros de las fiestas del pueblo. Clavado con chinchetas, estaría ahí colgado hasta pasado el día de las peñas que es cuando acaban las fiestas. 

El balón comenzó a rodar. En los primeros quince minutos ya hubo un gol y dos tarjetas amarillas por sendas durísimas entradas. El partido estaba caliente. El ambiente en el Bar de Lolo también. El árbitro pitó el final de la primera parte. Resultado en contra del equipo de Juan y su hijo. 2-0. Mal augurio. Mala pinta. 

Hubo algo más que palabras hasta que el árbitro dio comienzo a la segunda parte. Todo pareció volver a la normalidad. Poco duró. Penalti injusto en contra de Juan. Penalti injusto en contra de su equipo. El equipo por el que dejaba de respirar si hacía falta. El portero hizo lo imposible por detener el balón pero éste acabó golpeando la red de la portería convirtiendo en casi imposible la remontada. Juan comenzó a despotricar. Se enfrentó con Adolfo, ganadero y primo de Lolo. Comenzaron a gritarse. A insultarse. Parecían vivir de sus equipos. Adolfo levantó la mano y dio un fuerte golpe en la cara a Juan. Éste, ante la insistencia de su hijo. Se calmó y se sentó. Pasados unos momentos, le susurró a su hijo que se empezaba a encontrar mal. Que iría un momento a casa a por una pastilla. “No te muevas, disfruta del partido, lo vamos a ganar. Vuelvo enseguida.”

Salió a la calle. Sacó las llaves de su bolsillo. Arrancó y cogió la carretera de vuelta a casa. Aparcó en la puerta. No cerró ni la puerta. Subió. Tardó unos minutos. Bajó tranquilamente, dio un portazo, eso sí, y subió al coche. Encendió la radio. Malas noticias. Su equipo encajó el cuarto gol. No había forma. Su equipo no jugaría la Champions. Llegó al bar de Lolo, dejó el coche en marcha. Entró. Buscó a Adolfo, que seguía sentado disfrutando como nunca hasta que miró cara a cara a Juan y vio como le apuntaba con su escopeta de caza. No llegó a ver su cara de odio cuando una bala atravesó su cabeza. 

Juan perdió la cabeza. Su equipo perdió el partido. El árbitro mandó terminar el partido. Juan acabó con la vida de Adolfo. Juan acabó con su propia vida. 

La locura del fútbol. Locos por el fútbol. Locos de verdad. 

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