Hay 46.507.760 médicos en España

Mi abuelo Luis era médico. Médico de los de carrera de medicina. Pediatra para más señas. Bien, mi abuelo, el pediatra, siempre decía que en España había 40 millones de médicos. Hoy, unos años después de que él dijese aquello, la cifra ha aumentado. Hoy hay 46.507.760 médicos. Eso dice el Instituto Nacional de Estadística en su página web. 23.633.605 son mujeres, o médicas como dicen los cursis progres. Con el resto, ellos, llegamos a la cifra que supera los 46 millones antes citada.

Para ser más exactos, tendría que restarse a los menores de 18 años, pero vamos, que para el caso no importa. Hay médicos para aburrir.

Tenemos los médicos de carrera, como mi abuelo. Son aquellos que por vocación, obligación o cualquier otra razón deciden al terminar el bachillerato matricularse en la facultad de medicina y dedicar el resto de su vida a estudiar para atender como Dios manda al que vaya a ser su paciente. Un paciente que se encontrará en su consulta, en el quirófano, en la escalera de su casa, en el vagón de metro o en el asiento 23J de un avión. El médico es médico desde que se levanta hasta que se acuesta… Incluso hay veces que hasta dormido es médico. Mi agradecimiento hacia todos ellos.

Luego tenemos al médico sin carrera. Aquí caben muchos tipos. Está “la madre sabelotodo” que lleva al niño al pediatra, éste le receta un antiinflamatorio para el dolor de oído de su hijo y al salir coge la receta, la agarra con una mano, cierra esa mano, arruga el papel hasta darle forma cilíndrica y cual Larry Bird lo lanza a la papelera más cercana pensando: “Me va a decir a mí este inútil lo que le tengo que dar o no a mi hijo si como yo, que soy su madre, no le conoce nadie.”

Por otro lado está “la abuela”. Ella es de la escuela de Hipócrates. Todo lo que tú, como padre, o el médico de cabecera de tus hijos diga, está mal. No solo está mal, está fatal. “Cuando tú eras pequeño y tenías fiebre te dábamos un ungüento que te dejaba nuevo”… “Dale este jarabe casero que nos daba la bisbuela Antonia y unas gotas de anís del mono y verás como se le quita esa tos fea al niño.” Uno, que es del siglo XX y parte del XXI se hace el loco y al final ni ungüentos ni jarabes venenosos. Uno, un padre de hoy en día, coge al niño y se va al centro de salud correspondiente a que un profesional vea a su hijo.

Luego nos encontramos con los médicos neo-hippies. Estos son los que, tras leer un artículo en Readers Digest donde hablan de la terapia del ombligo o la psicología oculta del pulgar del pie deciden matricularse en una pseudo escuela de medicina donde, tras seis largas semanas, les darán un diploma con su nombre y apellidos para poder ejercer “la medicina” durante el resto de su vida. Eso sí, previo pago de unos cuantos miles de euros. 

Hace un par de años, por motivos de trabajo, fuimos unos cuantos a Lima. Durante el vuelo, mi compañera de asiento, Eva, leía un libro con muchísima atención. Tan es así que ni comió ni cenó en el vuelo. No tuvo tiempo más que de leer, releer, subrayar… empaparse de ese libro. A mitad de viaje le pregunté, por pura curiosidad, sobre el libro. “Ombligoterapia,” me dijo, “estoy haciendo un máster en Ombligoterapia”. ¡Coño! Se me ocurrieron cientos de preguntas a las que ella respondió con mucha paciencia. Incluso me invitó a tratar mi dolor de espalda prometiéndome que me lo quitaría desde el ombligo. El resto de compañeros de trabajo, que nos oían hablar, se interesaron y al llegar a Lima nos citó a todos en su habitación. Marta, tomaba apuntes con mucho interés, futura ombligoterapeuta, pensé. A Juan le dolía un tobillo desde hace tiempo. Se lo torció jugando al pádel. Eva le tumbó en la cama, le hizo levantarse la camisa. Le pasó las manos a una distancia de unos milímetros de su cuerpo desde la cabeza hasta el ombligo. Allí paró y comenzó a meterle mano. Le frotó, refrotó, hasta que, unos minutos después, deshizo el movimiento inicial, esta vez, de ombligo a cabeza. Le sacudió las manos alrededor de su cuerpo, como para limpiarle el polvo, o los malos espíritus, y zas… Juan se levantó sin cojera.

Mi turno. Me quito el polo, me tumbo. Empieza a pasarme la mano cerca y al llegar al ombligo me machaca. Lo mismo que a Juan. Al levantarme me preguntó por mis sensaciones. “Bien, yo no te voy a mentir, creo que si lo hago te perjudicaría. Te diré lo que siento en este momento. La verdad. Entré a tu cuarto con dolor de espalda y salgo de él con dolor de espalda y un dolor de tripa que no voy a poder acompañaros en la cena. Gracias de todas formas. Sigue estudiando.” Creí necesitar una epidural. Madre mía, qué dolor. 

Entiendo que por distintos motivos necesitemos ocupar nuestro tiempo en hacer cosas. Es estupendo que gente, incluso superando los 50, sigan queriendo estudiar. Pero, por favor, vosotros, los que tenéis ganas de ayudar al prójimo, los que tenéis mente de sanadores y curanderos, dejad que los profesionales nos sigan tratando. No vayáis por la vida repartiendo tarjetas de visita con vuestro nombre precedido de un “Dr.” en negrita y un título de DOCTOR EN PSICOLOGIA AMIGDALAR escrito justo debajo. No cuela. Hay otras formas de ayudar. Una en particular. Dejad que los médicos hagan su trabajo. Tanto los de bata blanca como los orientales. Llevan unos cuantos años haciéndolo y parece que no les va nada mal. Las flores, para el jardín… Dejad de hacer potingues con pétalos de rosa pretendiendo hacernos creer que cura el cáncer.

Dicho esto, os dejo que tengo cita en media hora y no llego. Voy a ver si me curan el disgusto de España en este mundial con un buen ron. Esa sí que es medicina de la buena. Chin chin.

                                             

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