Denver, 1989

Terminado octavo de EGB de una forma mediocre se decide en mi casa que el curso siguiente lo realizaré en EEUU. A mi me daba un poco de canguele, la verdad, pero por otro lado, mi hermano mayor estudió 1º BUP allí y tampoco le fue tan mal.

Casi a finales de ese verano salía el avión con el grupo que estudiaríamos en Denver, Colorado, ese año. Eramos unos pocos más que veinte. Todos de 17 o 18 años menos otro estudiante y yo, que teníamos 13. Al llegar al avión, tras las despedidas de nuestras familias, el coordinador que nos acompaña nos entrega un sobre a cada uno con una fotografía de nuestra “nueva familia” pegada a un papel donde estaba impresa la dirección de la casa donde viviríamos. Cada uno de nosotros imaginaba historias viendo aquellas fotografías. Como es normal, minutos después de que la señal de cinturones se apagase, nos levantamos para enseñar nuestras fotos al resto y cotillear las suyas. Algo raro ocurrió. Había fotos repetidas pero con direcciones diferentes. Y direcciones iguales con fotografías distintas. El coordinador lo achacó a un error a la hora de preparar los sobres.

Largas horas después, tras hacer escala en cierto aeropuerto que no recuerdo, aterrizamos en el aeropuerto de Denver. Contábamos los minutos por conocer a nuestras familias. Cual fue nuestra sorpresa que al salir a la zona de llegadas, con nuestros carros llenos de maletas, solo había una señora esperándonos. Segundo chasco. Nos contaron que pudo ser un error, otro, al enviar la fecha de llegada al delegado en Denver. Nos envían a un hotel, supuestamente para una noche. Al final, pasamos una semana en el hotel y casi dos en un rancho.

Todas las mañanas salía una furgoneta desde el rancho a hacer una ruta por varios colegios de la ciudad con el único propósito de presentarnos a los estudiantes para que rogasen a sus padres que nos acogiesen a alguno de nosotros. El procedimiento era el mismo que un certámen de Miss España. Eramos objetos de subasta. Nos presentábamos y decíamos nuestras virtudes para así poder convencer a alguno de los allí presentes.

A mi me eligió un estudiante mayor que yo de origen oriental. Nos dirigimos a su casa y nos recibieron sus padres, él vietnamita, ella china. Hablaban peor inglés que yo. Sus hijos no, ellos lo dominaban. El delegado y el matrimonio se quedaron estudiando la documentación en el salón. El hijo que me eligió me enseñó el que sería mi cuarto. Bajamos unas escaleras y cuando creí que abriría una puerta a un maravilloso dormitorio me encontré con un garaje lleno de trastos y un viejo coche que parecía que no usaban mucho. A su lado, mi cama, un colchón tirado en el suelo. Fingí mi agrado con una falsa sonrisa y le pedí que me dejara vaciar mis maletas. Al saber que llegó al piso de arriba corrí hacia un teléfono que vi colocado encima de una caja de madera. Marqué en décimas de segundo los trece dígitos para dar con mi casa de Madrid. Sonó el tono dos o tres veces, era de madrugada en casa, y contestó mi padre. No le dejé hablar. Le conté lo que estaba viendo y viviendo en esos instantes. Me pidió hablar con el delegado. Pasaron cinco minutos y nos despedimos de esa familia. Si me llego a quedar… no sé, pero estoy seguro que muy bien no me hubiera ido.

Vuelta al rancho. Hora y pico de coche escuchando la bronca que me echaba el delegado por lo egoísta y desagradecido que había sido. Me dormí.

A los dos días me vuelven a llamar. Camino de la casa donde me dirigía no hacía más que rogar en silencio que por lo menos la cama tuviese cuatro patas. El resto me daba medio igual. Al llegar a la casa nos esperaban en el jardín los cuatro hermanos. Una chica de 15 años, dos mellizos de 12 y un pequeñajo de 9. Otra vez papeleos, a contarles un poco sobre mí, y a deshacer maletas. Allí, la cama no solo tenía patas sino que mi cuarto tenía una gran ventana desde donde veía el gran jardín de la parte trasera de la casa. Cuarto de baño propio, etc.

Nos despedimos del delgado y a la cama pronto que al día siguiente había colegio.
La familia un diez. El pequeño, DJ, era uno de esos ángeles de los que habla Marta Barroso* en uno de sus últimos artículos de ABC. Con él aprendí una gran lección: habrá niños con Síndrome de Down pero, al fin y al cabo, los normales son ellos y los raros somos el resto. Todas las mañanas venía a darme los buenos días con una sonrisa de oreja a oreja. Desayunábamos juntos, nos acompañaba al colegio y luego se marchaba al suyo. Por la tarde, algo de deberes y luego horas y horas de jugar al fútbol. En sus 9 años de vida no había visto nunca un balón de fútbol (en su casa eran más aficionados al baseball y fútbol americano). Le enseñé las normas básicas y, juntos, soñábamos jugando a ser grandes estrellas de las selecciones españolas y norteamericana. A veces, uno de los mellizos nos arbitraba usando el bate de baseball de banderín.
 
Quiso aprender español. Le enseñé. Día tras día dando patadas… esta vez al diccionario pero lo aprendió. Un gran número de palabras que solo usaba conmigo. Quiso ser mi amigo. Lo consiguió. Horas juntos. Paseos. Aventuras… Éramos DJ y “Golalo”. 
 
Me convenció para ser voluntario en los Special Olympics de Colorado Springs. Allí conocí a miles de niños como DJ. Allí me di cuenta de que los, mal llamados durante siglos, subnormales, retrasados… no eran ellos, insisto, sino el resto, nosotros. La paz, bondad, alegría que transmiten estos ángeles es raro que lo consiga alguien “normal”. Lo que aprendí, lo que viví, lo que conviví durante ese año no lo olvidaré jamás.
Más de 20 años después sigo en permanente contacto con la familia de DJ. Llamadas de teléfono, correos, cartas… Con DJ también. Con él de distinta forma. A DJ no le puedo escribir ni llamar pero sé que desde el lugar del cielo que le haya tocado ocupar sigue dando esos paseos conmigo mientras me pregunta por el fútbol o por el español.
Gracias por hacer de un año desastroso uno que jamás olvidaré y que, sin duda, me cambió totalmente.
* http://abcblogs.abc.es/marta-barroso/2014/07/02/un-cromosoma-extra/

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