Nadie sin Navidad

Fue en 2016 cuando, por una inocente conversación, nació una gran y prometedora idea. Marta se enteró por un amigo de que alguien le había dado una cantidad de dinero a una señora que vivía en la calle con la idea de que se comprase algo de comida. Cuando esa persona se enteró de que su limosna se utilizó para comprar un pinta labios, éste se sintió engañado y francamente mal. Aquél amigo no sabía que el hecho de contarle eso a Marta daría inicio a una preciosa historia.

Marta defendió a capa y espada a aquella coqueta mujer. Pensó que tal vez necesitase sentirse guapa antes que comer un plato de comida. Por lo que Marta empezó a darle vueltas y acabó creando Nadie Sin Navidad. Recorrió Gran Vía de arriba a abajo. La acera de los pares y la de los impares. Y vuelta atrás. Hasta que consiguió que todos los «pobres», como ella les llama de forma genérica, le dijeron qué era lo que querían por Navidad. Un chándal, un libro, un abrigo, un saco de dormir, un pijama, un bocadillo, un… hubo uno que no quería nada, no tenía necesidad de nada… un cuaderno, un gorro, un teléfono… hasta que una tal María le pidió un billete de autobús. María, rumana, quería volver a su país para dar a luz al hijo que esperaba. María fue engañada como muchas otras personas de su país con promesas que nunca se cumplieron, acabando en la calle siendo dirigida por una «organización». Marta reunió sus ahorros y algo que consiguió de sus familiares y amigos hasta conseguir la cantidad para comprar el billete de autobús que tanto deseaba María. Nunca más se supo de María. «Se la llevaron a otro “puesto”», dijo su vecina de Gran Vía.

María (Rumanía) abriendo su regalo en forma de billete de autobús.

Marta no cesó y recolectó todo lo que sus «pobres» pidieron. Así hasta 25 regalos en su primera Navidad. Se unieron Marco, estudiante italiano, y Josep María, que se encargó de las redes sociales. Juntos llevan cuatro años ejerciendo de Reyes Magos para esos olvidados que a veces ni vemos. Nuestro día a día. Nuestra rutina. Nuestros «ojos que no ven…». No todos somos así, gracias a Dios. No todos tenemos ese ego que nos oculta la realidad. No todos tenemos el corazón tan frío para no sentir ciertas realidades. Gracias a personas como Marta, Marco y Josep María, el mundo es un poco mejor.

Marco me cuenta que un día fue con un amigo a comprar algo a Decathlon. Al entrar se acercó a la persona que pedía en la puerta. Se presentó y le preguntó su nombre. Ferguson. Hablaron un rato y éste le pidió un pijama. Marco, por supuesto, le prometió el pijama y se marchó. «Espera, espera, tengo tres hijos a los que no puedo comprar regalos. ¿Te puedo pedir algo para ellos también?» Una muñeca de Frozen, un peluche y un coche teledirigido.

Nadie sin Navidad, Madrid 2020

Días más tarde, un 22 de diciembre, día de la Lotería, Marco visitó a Ferguson y su familia. Les llevó los regalos y fue plenamente consciente de aquella historia detrás de un simple «pobre más». Marco vio que los tres hijos de Ferguson eran reales. Vio y sintió sus necesidades. Vio y sintió su pobreza. Marco empezó a visitar asiduamente a la familia de su amigo Ferguson. La familia va a crecer con un hijo más. Marco será su padrino de bautismo. Gracias a un pequeño gesto, un ¿cómo te llamas?, la vida de Ferguson ha cambiado pero, la que ha dado un giro tremendo es la de Marco.

Historias que no vemos, no por ello inexistentes. Historias reales. Historias que necesitan de gente como Marta, Marco y Josep María para tener un final feliz. Gracias a ellos hay cada vez más gente dispuesta a ayudarles. No son suficientes. Voluntarios. Donantes. Pajes. Necesitan ayuda de cualquier tipo. Puedes encontrarles en sus redes sociales: Facebook e Instagram, donde verás las peticiones de José, David, John, Andrés, Fernando, José Ramón, Antonio… libros, abrigos, sacos de dormir, ropa para gatos, hot dog, jamón, guitarra… Entre el amor y la pasión con que lo hacen desde Nadie Sin Navidad y tu ayuda, estoy convencido de que todos, absolutamente todos, tendrán su regalo de Navidad.

¿Te animas a conseguir «que Nadie se quede sin Navidad»?

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Por último, querría romper una lanza por la generación de Marta, Marco y Josep María. Hoy, que los jóvenes están siendo señalados por saltarse las normas anti Covid, hoy que son el centro de todas esas acusaciones, creo que hay que defenderles pues no todos son tan insensibles ni insensatos. No por ser joven se es mala persona. Hay muchos jóvenes con iniciativas tan bonitas y solidarias como ésta. Dejemos que los jóvenes sean jóvenes y den frescura a nuestra sociedad. Falta nos hace.

Abrigos para los gatitos de José.

Nico no puede dejar de sonreír

Reconozco, que con esto de la pandemia, están llegando a mi teléfono mensajes con todo tipo de noticias, enlaces y memes relacionados con el Covid. Hay uno que se ha colado entre todos ellos. Uno muy especial. No me lo han mandado una ni dos… ni tres ni cuatro veces. Unas 15 personas han creído que debía verlo. Y vaya si lo he visto. Cada una de las veces que ha entrado en mi carpeta de mensajes nuevos, he dejado de hacer lo que estaba haciendo para verlo con toda la atención. Lo merece.

Carlos y Becks. Becks y Carlos. Dos padres como otros cualquiera. Dos padres jóvenes. Imagino que con su trabajo y obligaciones diarias. No les conozco. Empiezo a pensar que lo hago. Quiero ponerme en su lugar y no soy capaz de poder hacerlo. No me veo capaz, tal vez. No sé si atreverme a tan solo imaginarlo. Dos padres que han dejado la vergüenza de verse en YouTube por medio mundo. Sentados en dos sillas en un jardín con su hijo, Nico, entre ambos. Aguantando la lágrima. Aguantando el dolor.

Becks se presenta. Continúa Carlos. Carlos nos cuenta que su hijo Nico padece una rarísima e impronunciable enfermedad: Distrofia Neuroaxonal Infantil (INAD). Una enfermedad que viendo lo que hace le pone a uno los pelos de punta. Es de esas que no le deseas ni a tu peor enemigo. Dice Carlos, mientras Becks no le quita ojo a Nico, que «no tiene ni tratamiento ni cura. Hace que los niños pierdan lentamente sus habilidades y capacidades. Poco a poco vas viendo como tu hijo deja de poder andar». Durísimo ver como un padre habla así de la enfermedad de su hijo. Se te va agrietando el alma hasta que, irremediablemente, se rompe del todo cuando dice que estos niños «pierden la capacidad de respirar, de sonreír y… acaban muriendo». No hay palabras. Un niño no puede dejar de sonreír. No puede.

Nico

Ojalá os llegue y toque como lo ha hecho conmigo. Que corra un escalofrío por tu cuerpo y una vez repuesto pinches en el siguiente enlace para aportar lo que puedas y, ya si eso, compartirlo con todos tus contactos, que no son pocos. Seguro que Nico lo agradecerá. Seguro que Carlos y Becks, esos padres hechos un manojo de nervios, a los que se les rompe la voz cuando nos hablan de Nico, puedan ver resultados más pronto que tarde y vuelvan a ver la evolución de su hijo como debe ser. Aprendiendo y no desaprendiendo. Sonriendo. Respirando. Caminando. Jugando. Que es solo y exclusivamente lo que debe de hacer un niño. Nico ha dejado de sonreír. Nico no puede dejar de sonreír. Hagamos lo posible e imposible porque vuelva a hacerlo.

Busca un lugar tranquilo. Deja de pensar en tus líos de trabajo. Siéntate. Pincha en este enlace y haz lo que el corazón te mande. Yo, sea lo que sea, te doy las gracias.

INADcure Team Spain and New Zeland GoFundMe

Prohibido toser

Diferentes síntomas de covid, resfriado y gripe
Fuente: María Elisa Calle* y elaboración propia de EL PAÍS. (*) Profesora titular de la Facultad de Medicina de la Universidad Complutense de Madrid, experta en epidemiología y medicina preventiva.

De un tiempo a esta parte voy con los bolsillos llenos de caramelos de menta, Juanolas, píldoras de miel y demás aliviadores de tos. Tengo por costumbre respirar. Lo sé, es un mal hábito. Por el simple hecho de respirar, a veces toso. Me atraganto y se me escapa una tos. Hace unos días tosí en la puerta de un banco y el banco cerró. El otro día fui a ese gran almacén que nadie quiere nombrar pero que todo el mundo sabe cual es y en la sección de zapatos carraspeé sin darme cuenta y vino el señor de la chaqueta roja a aislar la zona. Le acompañaba un equipo de limpieza que roció la zona con Sanytol Graduación Rojo Intenso.

Esta mañana he ido a hacer un par de recados en coche. Suelo usar el coche a diario. De toda la vida me ha dado cierta claustrofobia ir con las ventanillas cerradas. Aunque hubiese pingüinos caminando por las aceras, yo bajaba un dedo las ventanillas para sentirme suficientemente oxigenado. He parado en un semáforo infernal, el de José Abascal con Castellana. Estaba el chico de pelo rizado haciendo malabares como todas las mañanas. El moreno haciendo virguerías con su balón de fútbol y la chica de las muletas y los kleenex. Yo tenía puesto Rock Fm esperando a Alex Clavero y su monólogo. De repente se ha metido un bicho en el coche y se ha puesto a revolotear. Debía de ser un mosquito o algo parecido. El caso es que en un despiste mío, he abierto la boca para bostezar y el mamón del bicho alado se ha metido en el fondo del paladar para no salir jamás. Ha encontrado su agujero negro particular y no ha podido salir de ahí. Se me ha quedado pegado en el fondo de la boca y he comenzado a toser cual tísico en sus últimos días. Los coches de alrededor han empezado a avanzar como si de una salida de Fórmula Uno se tratara. Los motores han comenzado a rugir. El sonido de las ventanillas se oía perfectamente. Todas arriba a la vez. Ni la Orquesta Filarmónica de Viena lo hubiese hecho tan ordenado. Los pestillos de los coches han comenzado a cerrarse. Las mascarillas han pasado de estar tapando papadas a ocupar su sitio ocultando narices y bocas.

Yo seguía con el bicho haciendo de Tarzán en mis cuerdas vocales, lianas vocales. He dado un último sorbo al termo por si quedara una pizca de café. Algo había y he conseguido crear una pequeña riada en mi boca que ha arrastrado al insecto hasta mi intestino. El picor de la boca seguía. Ha llegado un coche de Policía con varios efectivos en su interior. Uniformados como si de una Guerra Nuclear estuviéramos hablando. Han sacado algo parecido a un arma y me han apuntado. Me han pedido que bajase la ventanilla lentamente. Así he hecho. Me saltaban las lágrimas de los ojos por el simple hecho de que por algún sitio tenía que toser. La boca sellada. Solo podía toser por los ojos. Se ha acercado un artificiero a mi coche y me ha apuntado con su arma. He notado un punto rojo en mi frente. Silencio. Miedo. Muero. He recorrido mis 45 años de vida en décimas de segundo. Me he acordado de todo y de todos. De ti también. He visto como su dedo índice empezaba a doblarse a cámara super lenta. Ha accionado el gatillo y… he cerrado los ojos. Me acaba de disparar. Me acaba de… tomar la temperatura. 36,1ºC. Estoy helado, pero estoy sano. Me ha pedido la documentación del coche y el carnet de conducir. Se lo he dado. Me ha hecho soplar y he dado 0/0 como esa cerveza azul que anuncian. De repente todo ha acabado. «Hala, circule.» Sus últimas palabras. «Hala, circulo.» Mis últimos pensamientos. Y me fui.

Suena el teléfono. Es el colegio. ¿Qué habrá roto esta vez mi hijo? No ha roto nada.

Voy corriendo a por él. Se le ha metido un poco de polvo de tiza en la boca. Parece grave. Es urgente.

Ha tenido la brillante idea de toser.

Hoy no puedes constiparte. No puedes tener mocos. Hoy, hay muchas enfermedades comunes que hemos tenido toda la vida que pueden ser un peligro para la Humanidad. Como me dice una buena amiga sobre el resfriado de su hijo «en otra situación iría al cole con una juanola» pero hoy es un potencial peligro. Le miran mal. Bullying por un moco. Los niños tienen prohibido juntarse. No pueden jugar. No pueden ver a sus abuelos. No pueden quedar después del colegio con sus amigos. No pueden hacer nada. Por no poder, no pueden ni tener mocos. Niños sin libertad. Niños sin infancia. Niños sin derechos. Tose, por la razón que sea, y se queda sin su derecho a ir al colegio. Hemos llegado a un punto en que los niños no quieren hacer pellas, quieren ir al colegio. El mundo al revés.

Esta señal representa lo que pasaba en la era pre-Covid. Los niños tenían tanta libertad que no cabía ni en un sola señal de tráfico. Hoy, lamentablemente, con un avioncito rojo basta.

Perder el miedo al Covid

«No hace falta conocer el peligro para tener miedo; de hecho, los peligros desconocidos son los que inspiran más temor». Alejandro Dumas.

Allá por el mes de enero comenzamos a oír hablar del coronavirus pero nada de sus consecuencias. Una gripe. Un catarro complicado. No se conocía la evolución de la enfermedad pero se sabía que andaba lejos. China. Son muchos. Ellos se lo guisan, ellos se lo comen. No… cruzó la frontera, la Gran Muralla y llegó hasta Italia. Ojo. Nuestros vecinos del sur de Europa empiezan a estar jodidos. Al nombre de coronavirus le pusieron el apellido de COVID. El, la, qué más da. Puñetero o puñetera, para el caso es lo mismo. No podíamos imaginar que semanas más tarde estaríamos ocupando las portadas de los periódicos con fotos de médicos enfundados en un traje blanco con máscaras y mascarillas. IFEMA, aplausos, caceroladas, encerrados en casa, música desde los balcones, policías de balcón, paseadores profesionales de perros, comida preparada a domicilio, calles vacías, supermercados dando bolsas por guantes, hospitales llenos, colegios vacíos… ¿Película de terror? No. Terrorífica realidad.

Decía Dumas que los peligros desconocidos son los que inspiran más temor, en la cita con la que encabezo este texto. Es así. Los ciudadanos desconocíamos el coronavirus y sus consecuencias por lo que nos daba pánico acercarnos a nadie. Salíamos al supermercado y evitábamos roces e incluso miradas con otros clientes. El momento de pasar por caja era una sensación de tener frente a ti al apestado más infectado de todo el planeta. Y te tenía que dar la vuelta en la mano. Corrías peligro de recibir una microsudoración extraña y posiblemente infectada en tu pulcra piel protegida por un par de guantes de latex y una bolsa de plástico haciendo las funciones de guante quirúrgico, todo ello previamente rociado con gel hidroalcóholico de extraña procedencia. Salías a pasear a tu perro y el muy terco tenía la extraña manía de acercarse a olerle el culo a otro congénere mientras tú solo veías a un dueño infestado hasta el tuétano. Tirabas de la correa con tal fuerza que tu mascota, rabo entre las piernas, lo único que quería era volver a casa, a su particular confinamiento. El momento de acudir a Urgencias con uno de tus hijos porque ha decidido coger una gastroenteritis en el momento menos oportuno de la Historia es de todo menos gratificante. La pobre criatura solo quería volver a casa, a acompañar a su perro en el confinamiento, pero tú, como padre responsable que eres, decides llevarle al epicentro de la noticia, al núcleo del volcán donde solo esperas ver camillas con gente moribunda y suelos repletos de gente rogando camas. No es así, te atiende una joven médico de guardia y te cuenta que ha habido padres que han llegado a acudir con un esguince en el tobillo de uno de sus hijos preguntando que si le podían hacer una prueba PCR para descartar que el esguince fuese debido al coronavirus. El miedo, definitivamente, nos vuelve idiotas.

Abrieron la puerta de toriles, perdón por el símil pero es que en mi casa salimos como Mihuras y los españoles estábamos deseosos de ensuciarnos con el albero que llevábamos meses sin ver, sin oler, sin sentir. Salimos al ruedo y las calles volvieron a ser lo que eran. Calles atestadas, plazas con sus niños corriendo y patinando, mercados con sus pescaderos y fruteros, peluquerías esperando cabezas a las que poner rulos y mechas, obras con sus vallas repletas de jubilados algo tristes por la ausencia de algún compañero mirón, playas con sus flacos y sus gordos haciéndose fotos de los pies con puesta de sol de fondo… Conocíamos algo mejor, o eso pensábamos, o eso nos hicieron creer, el coronavirus. Le perdimos el miedo. Le faltamos el respeto. Fuimos de vacaciones, algunos con ganas y otros de manera forzosa ya que en el trabajo nos dieron un puntapié en el orto, ojo, temporal, pero puntapié, de ahí que lo maquillasen con el nombre de ERTE. Orto, erte, qué más da. Decía que le perdimos el respeto al bicho. Nos hicieron ver que pudimos con él. Que nos confinamos de maravilla. Nos mandaron hasta diplomas. Medallas. Aplausos. Canciones. Somos los mejores. Entre todos, podemos. Y tanto que pudimos. Pasamos a ser los mejores del mundo. Un ejemplo. Compramos mascarillas inutilizables. ¿Y qué? Test caducados, no valían para nada. ¿Y qué? Pero fuimos unos cracks. De ahí que nos diesen libertad de movimiento y nos premiaron con unos días en la playa.

La líamos. Eso nos dice papá Estado. No fuimos tan buenos. Nos dieron la mano y quisimos el brazo. No. No. No. Vuelta a casa. Ciertas ciudades. No todas. Nos dividieron. Ciudadanos ejemplares. Ciudadanos malos. Sensación de repetidores de 2º BUP por tercer año consecutivo. Castigados al despacho del Director. Nos hicieron copiar 100 veces «No está bien tomarse un aperitivo con más de cinco amigos». Cien veces. Aún así no aprendemos. Ya no tenemos miedo. O sí. Ahora la fiera ya no se llama león. La fiera está escondida detrás de los leones. Se esconde en el hemiciclo. Los leones se han quedado de piedra, o de bronce. Mientras tanto, las fieras discuten. Se pelean. Se gritan. Se aplauden. Se suben el sueldo. Se organizan para plantear una Moción de Censura. Se critican. Se insultan. Se escapan en pleno Estado de Alarma a su casa de Bilbao. Se dedican a sus cosas. Tiene sentido. Tiene todo el sentido del mundo. Ese es su trabajo… pero no cuando los ciudadanos le han perdido el miedo al terrible y temido virus. Ocúpense de nosotros. Olvídense de Sus Señorí… de su egos. Hagan lo que nunca han hecho. Piensen en sus electores. Al fin y al cabo, quieran o no quieran, los que se mueren son sus pagadores.

Decía el novelista y poeta suizo Louis Dumur que «la política es el arte de servirse de los hombres haciéndoles creer que se les sirve a ellos» y no le faltaba razón.

El Norte es Joven

Cuando parecía que la vida le iba a dar por finiquitado… apareció Norte Joven. Cuando parecía que la carretera se acababa… apareció Norte Joven. Cuando lo único que quedaba era un angosto camino… apareció Norte Joven.

1985, casi como el libro de George Orwell. 1985, año en que España y Portugal firman el tratado de adhesión a la Comunidad económica Europea. Se estrenó Único Testigo. Nació Cristiano Ronaldo. En Londres y Nueva York se celebran los conciertos Live Aid. Siniestro Total publica Bailaré Sobre Tu Tumba. Alain Prost se proclama Campeón del Mundo de Formula 1. El Barcelona gana la Liga y el Atletico de Madrid la Copa del Rey. Claude Simon es galardonado con el Premio Nobel de Literatura. Raúl Alfonsín regresa a Argentina con el Premio Príncipe de Asturias de Cooperación Internacional. Y Torrente Ballester se lleva un muy merecido Premio Cervantes. Todo ocurrió en 1985. Estos acontecimientos, por importantes que eran, solamente fueron vitales para sus protagonistas.

Sin embargo, algo menos sonado pero, tal vez, mucho más impactante pasó aquel mismo 1985: nació NORTE JOVEN con la única misión de «promover el desarrollo personal y la integración sociolaboral de personas en situación de desventaja social a través de su formación, del acceso al empleo y de la sensibilización de la sociedad.» Y vaya si lo han conseguido. Las cifras son asombrosas. Solamente en 2019 más de 1300 personas salieron directamente beneficiadas, casi 600 alumnos pasaron por sus centros de formación, 71 alumnos lograron obtener el Título de Graduado en Educación Secundaria (65% de los alumnos matriculados en Nivel II de Secundaria), 160 alumnos accedieron a un empleo, se firmaron 40 convenios con distintas empresas… y mucho más.

Y yo, una vez más, me siento la persona más afortunada del mundo por conocerles. El año 2020 pintaba mal, muy mal. Empecé el año con el bombazo de perder mi trabajo. Tras 22 años recorriendo el mundo me veo obligado a dejarlo definitivamente. Mi corazón decide que es hora de relajarse un poco y reclama algo de ayuda en forma de DAI. Por supuesto, no lo discuto. Hay decisiones que hay que dejar que decidan otros por ti. Él manda. Ellos, más bien: mi corazón y mi cardiólogo. Me dejo llevar. Creo que acierto. Pierdo el trabajo pero no el empleo. Pasaría de una forma de vida aeronáutica a una terrestre pero aparece el bicho que nos manda al banquillo a más de un millón y medio de españoles. ERTE, unas siglas que muchos jamás habíamos oído y que pasan a ser tan protagonistas de nuestras vidas como COVID, mascarilla, gel hidroalcohólico, distanciamiento, Estado de Alarma… muchos términos que nunca, o casi nunca, se usaron y que no dejamos de pronunciar muy a nuestro pesar. Palo en la rueda, zancadilla por detrás, puñetazo en el estómago… se puede llamar como uno quiera, pero… siempre hay que ver la vida con cierto optimismo. Y así fue… y así será…

Cena en casa de unos muy buenos amigos. Me hablaron con detalle de un grupo de personas que se dedicaban a dar su tiempo por otro grupo de personas, algo más menudas. Estos chicos necesitan una mano que les ayude a terminar lo que la sociedad, la vida, no les dejó hacer por sí mismos. Norte Joven consigue que muchos jóvenes terminen sus estudios de Secundaria. Les ofrece la posibilidad de formarse en un oficio: fontanería, electricidad, cocina, ebanistería… para luego, una vez terminada esa formación, salgan con un título que les empuje a la inmersión del mundo laboral. Tras 35 años haciéndolo, me cuentan, incluso ya se han dado casos de antiguos alumnos que llaman a Norte Joven para reclamar empleados para sus propias empresas. Un buen ejemplo de que la idea funciona.

Me animé a conocerles. Mascarilla y gel en mano, me metí en sus tripas. Me colé de oyente en varios talleres y clases. Inglés, Electricidad, Cocina, Historia, Matemáticas… conocí a alumnos, profesores. Asistí a una clase de Secundaria donde ese día se abordaba el tema del racismo. Me enamoré. Me enamoré de ellos, de sus vivencias, de sus historias, de su pasado, de su presente y de sus sueños de futuro. Uno me contó, mientras amasaba harina para hacer un bollo, que su sueño era estudiar tanatopraxia… ¡y que quería ejercer! Otro me decía que no podía practicar mucho en casa porque ya quemó la cocina una vez y su madre le prohibió seguir con sus experimentos culinarios. Una profesora me habló de cómo disfruta viendo como dan un giro en sus vidas en apenas un par de años. Se nota en el ambiente que no es un colegio cualquiera. Se nota que es otro estilo. Se nota que es Norte Joven.

¿Y por qué te cuento todo esto? Por un sencilla razón: creo firmemente que este tipo de cosas hay que compartirlas. Las malas noticias ya nos llegan queramos o no queramos. Los dramas aparecen en cuanto pones las noticias. Pero este tipo de asociaciones hay que conocerlas. Hay que hacerles un hueco en nuestras vidas. Y yo, te aseguro, ya le he hecho ese hueco.

Te animo a que eches un vistazo a su web. Puedes visitar su perfil de Instagram o Facebook y convertirte en seguidor para enterarte de próximas novedades. Ya te adelanto que una de ellas tiene nombre propio: Zambo.

También puedes convertirte en Teamer de Norte Joven. «Teaming es una herramienta online para recaudar fondos para causas sociales a través de micro donaciones de 1€ al mes. La filosofía de Teaming se basa en la idea de que con 1€, nosotros solos no podemos hacer mucho pero si nos unimos, podemos conseguir grandes cosas

Te agradezco tu tiempo y generosidad. Al comienzo de 2020 vislumbraba un Norte algo oscuro, algo viejo… hoy, estoy muy convencido, ese Norte es Joven… muy Joven.

https://nortejoven.org/

Ladrones de sueños

Como todos los días, sonó el despertador a las 8 y un minuto de la mañana. No le gustaba ponerlo a las 8 en punto por aquella vez em que se equivocó y ya, siempre, lo dejó en esa hora inexacta. Como todos los días se giró sin cambiar su respiración profunda de sueño y le dio un puñetazo. El despertador voló por los aires y cayó cerca de los zapatos del uniforme, limpios y preparados desde la noche anterior. Como todos los días esperó sin saberlo a que su madre subiera las persianas de su cuarto y los primeros rayos de sol penetraran sus ojos hasta llegar al fondo del cerebro. Salió y entró de su cuarto varias veces. Cogía trastos y los devolvía a su sitio. Como todos los días corrió contrarreloj hasta el momento de salir por la puerta tras dar un beso a sus padres. Voló hasta llegar un minuto tarde a clase.

Ese día, Diego, no llevó el balón al cole. No podía. Ese día, Diego, tampoco se llevó los cromos. Ese día, Diego, dejó los Playmobil en la estantería de su cuarto. Ese día, Diego, el bueno de Diego, solo se llevó los libros a clase. Su mochila estaba especialmente limpia y ordenada aun llevando un mes de curso. Otros años sus zapatos ya habrían pasado por las manos de Dani, nuestro amigo zapatero. Los pantalones, impecables. Este año la ropa va a durar más de la cuenta. Este año, este maldito año, no se ha puesto ni una mísera tirita. Ni un chichón. Ni un moratón.

Diego es un chico responsable y acata las normas sin rechistar. Diego, como el resto de niños, está obedeciendo todo lo que se le dice. Pero todo tiene un límite. Diego es un niño, no un animal. Diego, a diferencia de otros seres vivos siente y padece, sufre, llora, piensa… Diego tiene que aprender a multiplicar; saber dividir; memorizar ríos, golfos y montañas; canturrear las capas de la Tierra; tocar el ukelele; y muchas cosas más. Son conocimientos importantes que no vitales. Son temas que, sí, entran dentro del plan educativo pero se nos olvida algo. Algo fundamental.

Diego tiene que jugar. Necesita jugar. Diego tiene que correr. Necesita correr. Diego tiene que pelear. Necesita pelear. Diego tiene que abrazar. Necesita profundamente abrazar. No podemos centrarnos en la parte académica, que también, necesitamos devolver la infancia a los niños. No puede ser verles en los patios de los colegios como si de girasoles en el campo se tratase. “Viendo pasar el tiempo…” como la Puerta de Alcalá. Es muy triste verles jugar con la mirada. Es horrible verles llorar en silencio. Sentirles tristes. Es una generación que tiene el mismo derecho, más si cabe, que las anteriores. Son víctimas de su tiempo. No merecen vivir así. No es su culpa. Necesitan… es suya y de nadie más… su infancia.

Les estamos robando sus sueños. La imaginación no tiene límites. No quiero ser yo quien cerque sus mentes. Démosles lo que les corresponde. Regalémosles algo tan valioso como justo: su tiempo. Robando infancia, robamos niños. Robando niños, nos convertimos en seres despreciables. Dejemos de serlo. Dejemos de robar. No seamos ladrones de sueños.

Mi vieja máquina de escribir

Quiero que esto acabe ya

Tengo el teléfono en modo silencio y no leo los mensajes de uno en uno, según llegan. Tecleo el código de desbloqueo y con más miedo que curiosidad abro la aplicación del icono verde para empezar a leerlos. Ya no espero leer mensajes de los de antes. Ya no llegan los típicos “¿quién se apunta a una cerveza esta tarde a las seis?” ¿Qué cerveza? ¿Dónde? Ya no te escriben para recordarte que lleves tal cosa al trabajo al día siguiente, ¿qué trabajo? Ya no recibes el encargo de tu mujer de “pasa por la tintorería a recoger la chaqueta”, ¿qué tintorería? Hoy, pulsas el icono verde y van saliendo esquelas una tras otra. Noticias de amigos. “Se ha muerto el hermano de Antonio”. “Esta noche ha fallecido el padre de Natalia”. “La mujer de Jorge estaba saliendo del cáncer pero el virus se la ha llevado por delante”. Dramas. Más dramas. Compañeros de trabajo. Amigos. Hermanos, padres, abuelos de amigos. Vecinos. Primos, tíos… familia.

Recuerdo un fuego en mi casa. Era pequeño, tendría doce o trece años. Pensé que no pasaba nada si, total, el fuego estaba en la cocina y nosotros en el salón. Las llamas tenían vida propia y se acercaban hasta mí. Hasta que mi madre, con muy buen criterio, el único criterio, nos agarró del cuello cual perra a sus cachorros y nos sacó de aquel infierno para ponernos a salvo. Las llamas llegaron al salón. Devoraron todo lo que se encontraron en su camino. Destrozaron la casa. Destrozaron nuestras vidas.

Hoy, esa muerte que nació, muy probablemente en un laboratorio, en China se acerca sin piedad. Le da igual qué o quién se interponga delante de él. El virus es la llama del fuego. Donde hace poco, muy poco, lo veíamos lejísimos, hoy está llamando a nuestras puertas. Unas veces abrimos pero muchas otras no. Como un experto ladrón, incluso hay veces que se cuela en casa sin que nos percatemos. Entra y arrasa con todos. Hoy ha pasado de largo y se ha ido a otra casa. ¿Qué pasará mañana?

Insisten en que nos quedemos en casa. Eso ya ha quedado claro. Muy claro. Insisten en que nos lavemos las manos. Eso ya ha quedado claro. Muy claro. Insisten en que mantengamos distancias. Eso ya ha quedado claro. Muy claro. Insisten en tantas cosas que tenemos asumidas desde el día 1. Ahora, que se pongan las pilas los que tienen que pensar. No se les votó para esto. No. No se presentaron para esto. No. Nadie se podía imaginar que esto podría ocurrir. Ha ocurrido. Bien, pues átense los machos y si ustedes no saben, que es normal que no sepan, deleguen en expertos. En muy expertos. Esto no lo soluciona un tipo que se ha ganado, a saber cómo, la confianza de un grupo de votantes para ir a discutir al Congreso. Esto lo arreglan, si acaso, expertos. Muy expertos. Por favor, hagan que sigamos recibiendo mensajes… de gente que se ha salvado. La curva, la puñetera curva… que alguien la enderece de una vez.

Estoy harto de leer nombres con apellidos conocidos. Estoy harto de oír tremendas historias de angustia. Historias de injusticia. Historias de desesperación. Quiero leer que esto acaba ya. Quiero poder ir a la tintorería. Quiero poder ir a tomar una cerveza. Quiero ir a trabajar. Quiero llevar a los niños a karate. ¡Quiero que esto acabe ya!


Echo de menos

Echo de menos el café en la barra del bar por las mañanas. 

Echo de menos la abundancia en las colas del supermercado. 

Echo de menos el gentío en el parque. 

Echo de menos coger número en la pescadería. 

Echo de menos la masa en el paso de cebra de Callao. 

Echo de menos esperar mi turno en Correos. 

Echo de menos la sala de espera del médico. 

Echo de menos los empujones del metro. 

Echo de menos el jaleo a la salida del Wanda. 

Echo de menos compartir telesilla con varios esquiadores extranjeros. 

Echo de menos la puerta de embarque J43. 

Echo de menos que se levante todo el mundo cuando el avión para. 

Echo de menos las peleas en las rebajas con un sinnúmero de gente. 

Echo de menos que alguien me empuje para colarse. 

Echo de menos una manifestación. 

Echo de menos un viernes a la salida del colegio. 

Echo de menos un atasco en la Carretera de Burgos. 

Echo de menos el mercadillo de Riaza. 

Echo de menos la muchedumbre en una procesión de Sevilla. 

Echo de menos la multitud de Chiclana en pleno agosto. 

Echo de menos la aglomeración de Ikea un sábado por la tarde. 

Echo de menos el hervidero de misa de una y media en Caná. 

Echo de menos la aglomeración del Rastro. 

Echo de menos Barajas en Semana Santa. 

Echo de menos Atocha el puente de mayo. 

Echo de menos tanto pero, sobretodo, te echo de menos a ti, gente.

Cretino Virus

No acostumbro a ver la tele salvo La Ruleta de la Suerte, a mediodía, que acaba de dejar de ser uno de mis vicios ocultos. Decía que no veo mucho la tele. Solo alguna serie, algún programa suelto y poco más. Cada vez utilizo más el iPad para estas cosas. He dejado de saber usar los mandos de casa. Si algún día lo necesito, haré como hacían mis padres: pedirle a uno de mis hijos que suba o baje el volumen o que suba o baje el brillo. ¿O eso ya no se hace?

Desde que oí por primera vez el nombre de Wuhan me quedé impactado con la noticia. Un virus con nombre impronunciable y traducido como corona virus ha venido para quedarse. Las cifras de los muertos empezaron siendo pequeñas. Los contagios algo mayores. Parece que se acaba el mundo. Según los reporteros no deberíamos perder el tiempo ni en comprar víveres. Nos vamos al otro barrio inminentemente. Hoy he ido al super y había de todo. Garbanzos, lentejas, azúcar, leche, huevos… de todo. Parece ser verdad que esto es más grave de lo que nos imaginamos. Nos vamos al otro barrio, pero ya.

Lo que empezó en China se vino a Europa. En España, no podía ser de otra forma, hasta el que no tose tiene el virus. Pones las noticias, ese momento, que siempre me ha encantado, cuando el reportero se queda sin contenido y entrevista al primero que pasa por delante de su alcachofa, y me refiero al micrófono, no vayas a malinterpretarme. Esas preguntas que podrían estar dirigidas a un gobernante o a un científico de renombre y las contesta la primera persona que se acerca. «Es que yo toso mucho y me he dejado los garbanzos en casa al fuego pero creo que voy a dejarlo para ir a mi médico de cabecera para que me ausculte no vaya a ser que me tengan que ingresar esos señores vestidos de buzos en el Hospital General.» Ha dicho. Y con eso nos alarmamos todos, no por los garbanzos, sino por su miedo. Su pánico. Y el reportero con la mascarilla puesta como atrezzo.

Luego, en el plató, nos enseñan a lavarnos las manos. Y con eso, dicen, se soluciona todo. ¡Coño! ¿No había un montón de investigadores buscando una vacuna? ¿No estaban invirtiendo millones de euros en eso? ¡Qué no! ¡Paren las máquinas! Que con un poco de jabón Lagarto y un chorrito de agua quedamos inmunes. ¡Anda qué…!

Como decían nuestras madres, ni corona, ni corono… aquí lo que hay es mucho cretino… virus.