Los marcianos no entendemos de atascos.


He tenido la gran suerte de trabajar en lo que he querido toda mi vida. Puedo decir, sin miedo a equivocarme, que con mejor o peor resultado, he hecho, casi siempre, lo que me ha dado la gana. Dos mujeres dirán que el «casi» sobra: mi madre y mi mujer. Mi madre me lo dijo alguna vez, «Gonzalo, siempre te sales con la tuya y haces lo que quieres». Todavía oigo su voz cuando llegaba a casa alas mil de la noche. Mi mujer no sé lo que me dice porque «como nunca me escuchas…» Razones tiene de sobra para pensar así, lo reconozco. Es un mal generalizado, es lo que me consuela. Volviendo al inicio… siempre he trabajado en lo que he querido. Es una suerte, no lo dudo. Y esa suerte es mayor, si cabe, por el tipo de trabajo que era cada uno de ellos. 

Hace un tiempo calculé el número de maletas que habré hecho en mi vida aeronáutica. No recuerdo la cifra pero daba vértigo. Miles de maletas. Siempre iguales. Siempre la misma ropa. Siempre la misma pereza para hacerlas. Hace unos meses cambié los aviones por el coche. Sí, sí… no es de lunes a viernes pero los días que toca, tiene que ser a la misma hora que todo ser humano en edad laboral. Estamos todos juntos en la misma carretera. ¡Todos! No falta nadie. 

No conocía el mundo atasco. Nunca lo he sufrido. Tal vez en mi época universitaria aunque al ir de paquete, cerraba un ojo, cerraba el otro y desaparecía a la altura de Las Rozas para amanecer en Princesa. La vida del autoestopista. Una profesión de alto riesgo que bien llevada te sacaba de muchos apuros. Conocí a gente de todo tipo. Estudiantes, empleados de banca, deportistas, cantantes, empresarios y algún que otro forrado que sacaba a pasear el coche a primera hora de la mañana para que socializase con otros vehículos de distintas especies. Me estoy desviando del tema como aquél que se desvió en una recta y casi nos mata a los dos. Puso el coche a dos ruedas. Dios quiso ponerlo sobre cuatro de nuevo. Era pronto por la mañana y había dormido mal, dijo. 

Atascos. Según parece, 2021 tuvo 253 días hábiles. Pongamos como cifra 250 días laborables por año. Si uno tiene suerte y empieza a trabajar con 24 años y aguanta hasta la edad de jubilación de 65, habrá trabajado 41 años. Si cogemos esos 250 días y le quitamos un mes de vacaciones, serían 220 días por año. 220 por 41 años son 9020 días. Si tardas una hora en ir a trabajar y otra de vuelta, esto supone 18040 horas metido en un coche durante 41 años. Si lo convertimos en días, 18040 horas son 752 días, lo que se convierte en poco más de dos años. ¡Dos años metido en un coche! Dos años escuchando Cadena 100, Rock FM, la SER o la COPE, esRadio o Radio Marca. ¡Dos años! Enteros, con sus días y sus noches. Dos años por completo. 

Gracias. Prefiero doscientos años de maletas que dos metido en un atasco. Con el listo que va por un carril en movimiento para, en el último momento, colarse en su carril que lleva parado 700 metros. Prefiero doscientos años de maletas que dos metido en un atasco aguantando el vaivén de izquierda a derecha y de derecha a izquierda de la que se cree que va avanzar algo por cambiar de carril. Prefiero doscientos años de maletas que dos metido en un par de metros cúbicos viendo como lo peor de cada persona sale a relucir cuando se sienta tras el volante. Prefiero doscientos años de maletas, sin duda. 

Como me he librado de tantos años y los últimos 20 años os he visto a los «normales» sufrirlos a diario desde el carril opuesto de la carretera, y como no he debido de compadecerme lo suficiente, se me ha castigado con sufrirlo durante mis próximos años laborables pero en una dosis a mi medida. El regalo ha venido en un frasco pequeño, suficiente para sentirlo, no tanto para odiarlo. Semáforos, rotondas, stops, radares… empiezo a conoceros como nunca antes lo hice. Me seguís despistando y sorprendiendo de vez en cuando. No lo quiero decir muy alto, no vaya a oírme quien no deba, pero claro, a esto solo se acostumbra uno si lo hace todos los días. No hay necesidad, viviré con ese sorprendente despiste. 

Aparcamiento. La propia palabra lo dice aparca y miento. Aparcar en Madrid es una mentira tan grande como la bandera de Colón. Hay 100 veces más coches que plazas. De verdad, los que lleváis toda la vida sufriendo esto, perdonadme. Os habla un novato en toda regla. 

Necesito «tips». Un libro de esos amarillos: «Atascos para dummies». Me lo puedo leer a la ida a la oficina y puedo hacer un comentario de texto a la vuelta. He visto a gente afeitarse, maquillarse, sacarse mocos, hacerse el nudo de la corbata, comer pipas (¡a las siete de la mañana!), mojar un cruasán en un café… ¡leer un periódico! Debo de parecer marciano. Me gusta serlo. Corrijo: me gustaba. Los marcianos no entendemos de atascos. 

¡Nos vemos en la Carretera de La Coruña!

¿EVAU o Lotería? ¿Justicia o fortuna?

Mi hijo es un décimo de lotería.

Resulta que hace unos días uno de mis hijos se examinó de la EVAU. Siete exámenes, siete. No eran Miuras pero bien podrían serlo. El resultado de estas pruebas depende de varios factores: el conocimiento adquirido durante los últimos cursos por parte del alumno; la profesionalidad y entrega de sus profesores; la buena fe de los redactores de las preguntas; la indulgente práctica de los correctores; otras variables como el sueño, descanso, temperatura, bienestar, psique… cantidad ingente de productos que, afortunada o desgraciadamente, derivarán en que toda una generación de españoles elijan un camino u otro hacia donde dirigir sus pasos en esto tan complicado que llamamos vida. 

Hoy, día 16 de junio, siete días, siete, después del último toro, han salido publicadas las notas de esa fatídica y temible EVAU. Hoy, a pesar de las altísimas temperaturas, unos han salido corriendo a la calle, botella de champán en mano, a gritar exultantes de júbilo pues han conseguido la nota para entrar en la Universidad que tanto ansiaban. Otros, los otros, se han quedado perplejos delante de la pantalla de su móvil viendo como esa cifra no subía por mucho que uno hiciese ejercicios de mentalismo. Lloros, gritos, otro tipo de gritos, sollozos… el que siempre soñó con ser médico y no podrá. La que quiso ser juez y tendrá que conformarse con otra carrera. Aquél que fue Coronel desde pequeño antes, incluso, de vestir de caqui y ya nunca lo hará pues su nota no le llega ni para soldado raso. Frustración, rabia, enfado.

Resulta que hay una bola extra: pedir revisión. Pues bien, la normativa dice que «si se solicita revisión, los ejercicios serán corregidos de nuevo por un profesor especialista distinto al que realizó la primera corrección.

La calificación final será la media aritmética de las calificaciones obtenidas en las dos correcciones.

En el supuesto de que existiera una diferencia de dos o más puntos entre ambas calificaciones, un tercer profesor especialista distinto realizará de oficio una tercera corrección, siendo la calificación de la materia la media aritmética de las tres calificaciones otorgadas». 

Entonces, según esta regla tan justa (?) si un alumno ha hecho un examen perfecto y, por la razón que sea, pongamos que el corrector tuvo un mal día, le pone un 5 como nota… si este alumno decide pedir revisión y el segundo corrector le otorga un 10, como merecía, entonces se superan los dos puntos y entra un tercer corrector que, también, le da un 10… entonces la nota de ese examen de 10 es un 8,33. ¿Qué significa esto? Que por la única razón de una mala decisión de un profesor que ha corregido mal o, simplemente, no ha corregido ese examen, el alumno pasa de poder estudiar lo que siempre ha querido a tener que conformarse con otros estudios que no le agradan. 

¿Justicia? No. Lotería. Nuestros hijos son los Décimos de Lotería de Navidad del mes de junio. Entran en el bombo, dan un par de vueltas, y que sea lo que Dios quiera. 

Todo esto, sin entrar a hablar de que en España la EVAU es injusta desde el día del examen. Diferencia de criterios. Distintas dificultades. Injusticia absoluta y luego, lotería. 

¡Feliz Día de la Lotería, chicos! Que la diosa Fortuna esté de vuestro lado y podáis emprender el camino que teníais en mente. 

El abuelo de Carlitos Alcaraz


19 años recién cumplidos. Solo 19 años. No 19 años cualquiera. 19 únicos años. Carlos Alcaraz Garfia, nacido en El Palmar un lunes de mayo de 2003. Ese mismo día un joven David Ferrer batía a su ídolo Agassi en Roma (0-6, 7-6, 6-4). Ese día nacía en la provincia de Murcia un bebé que Carlos y Virginia, sus padres, no podrían ni imaginar lo que les iba a regalar 19 años después. 

Una ciclogénesis explosiva ha pasado por Madrid esta semana pasada. Tornados, tormentas, temblores… Madrid se agitaba de tal forma que todos querían ser testigos de ello. En el epicentro, el origen de todo ello Huracán Carlitos. Demostrando un desparpajo impresionante, una falta de vergüenza tal, unas tablas sobre el escenario solo posibles en quien lleva años sobre ellas… se ha llevado por delante nada más y nada menos que al mejor tenista de todos los tiempos, Rafa Nadal; al número 1 Nole Djokovic; y a un, todavía sorprendido, número 3 Sascha Zverev. Los casi dos metros del alemán han sido eclipsados por un casi imberbe Alcaraz. En poco más de una hora ha avasallado con un contundente 6-3, 6-1. 

Nadal, Djokovic, Zverev… los tres coinciden en lo mismo: estamos ante el futuro número 1 del ranking ATP. Número 6 hoy. «El mejor jugador del mundo», decía Zverev tras recibir su premio de consolación. Está más que claro que en lo deportivo sabemos que tenemos ante nosotros al futuro rey de los torneos. Algo me dice que también lo será en el aspecto humano. Un jovencísimo tenista, viviendo lo que está viviendo, abrumado por la actualidad que él mismo está construyendo partido tras partido, se detiene un momento a pensar en alguien muy importante en su vida: su abuelo Carlos. «Cabeza, corazón y cojones». Tres ingredientes necesarios de los que Alcaraz se acordó minutos después de ganar a su ídolo y todopoderoso Nadal. No puede pasar desapercibido ese recuerdo a alguien como un abuelo. Los abuelos, hoy más que nunca, lo son todo. La sociedad ha querido darles un durísimo y sacrificado trabajo extra que, por supuesto, realizan de mil amores: el cuidado de sus nietos. Hasta que el Gobierno y las empresas no encuentren una solución y consigan que la conciliación familiar exista, son los abuelos los que suplen a los padres en tareas que por el paso de los años tenían olvidadas. 

Todo un detallazo el de Carlos, Carlitos Alcaraz, recordar a su abuelo. Ese que, seguro, le acompañaba de la mano a las pistas, con las raquetas a su vieja espalda, para que su nieto se convirtiera en lo que es hoy: un orgullosísimo nieto que se va a comer el mundo. 

¡Gracias, abuelos!


No os conozco pero ya os quiero. (Ucrania).

No os conozco pero ya os quiero. Abandonasteis Madrid. Dejasteis Lugo. Toledo y, tal vez, Ciudad Real. Aparcasteis vuestras vidas para huir del bienestar y acudir al infierno. ¡Gracias por tanto!

No os conozco pero ya os quiero. Valientes como nadie. Osados también, ¿por qué no? ¿Y qué? Vuestra osadía y valentía salvarán vidas. Unos os dirán locos. Otros os llamarán utópicos. Yo, con mucha vergüenza, os envidio y os llamo ídolos. ¡Gracias por tanto!

No os conozco pero ya os quiero. 2900 kilómetros. 2900 kilos de esperanza. 2900 sueños. 2900 sonrisas. ¡2900 veces 2900 gracias! ¡Gracias por tanto!

No os conozco pero ya os quiero. Cruzaréis Europa. Castilla. Aragón. País Vasco. Francia. Bélgica. Alemania. Polonia. Lugares con mucha Historia que se resumirá en la historia de todas y cada una de las familias que vuelvan con vosotros. Una historia de la que seréis personajes secundarios pero, no lo dudéis, imprescindibles. ¡Gracias por tanto!

No os conozco pero ya os quiero. A Marta. A Beatriz. A Clotilde. A Susana. A Tomás. A David. A todos los que despertasteis y quisisteis convertir pesadillas en sueños. Desesperanza en optimismo. Rendimiento en vitalidad. Al fin y al cabo, guerra en paz. ¡Gracias por tanto!

No os conozco pero ya os quiero. Soy vuestro marido. Vuestro hijo. Vuestra madre. Soy vuestro vecino. Vuestra compañera de trabajo. Soy vuestro amigo. Siento un orgullo mayúsculo por serlo. Os empiezo a conocer un poco. Os quiero todavía más. ¡Gracias por tanto!

¡Os quiero! ¡Os queremos!

Gracias a todos: Convoy Esperanza, Marta, Tomás, Susana, Álvaro, Cloti, Carolina, Fran, Ricardo , Fernando, Mónica, Manel, María José, Alejandra, Tomás, Javier, Juan, Julija , Fran…

Llamada sin respuesta

Hoy os llamé por teléfono. 

No me contestasteis. 

Probé una segunda vez. 

Nadie descolgó. 

Lo intenté una tercera. 

Me di cuenta de que ya nunca lo haríais. 

Me quedé con las ganas. 

Tenía mucho que contaros.

¡Bofetón de pena y realidad!

Almacenamiento casi lleno: Diógenes Digital.

Hoy me ha pasado algo que hasta ayer no me hubiese ocurrido jamás. Necesitaba el correo electrónico de una persona. Este mismo contacto se lo mandé yo hace dos años a una amiga. Según he ido a buscarlo a mi conversación con ella en la aplicación Whatsapp he visto que, oh, horror, ayer me dio el flus de borrar todas mis conversaciones de Whatsapp. He borrado compulsivamente sin prestar atención al contenido que allí archivaba desde que existe esa maldita aplicación. Me recordó un poco a mi cajón de calcetines. ¡Hay calcetines guardados de mi uniforme del colegio hasta con su pareja! Quien me conoce sabe que padezco ese temor a deshacerme de cosas. 

Hasta hoy era consciente de que eso pasaba con cosas materiales. Una pegatina del Mundial 82, el uniforme del equipo de fútbol del colegio, un disfraz que usé una vez en 4º de EGB, fotos carnet guardadas cronológicamente desde mi primer pasaporte allá por 1975, una calculadora que no funciona de 1985, todas mis notas del colegio (¡son para enseñarlas!), y no sigo que me da vergüenza. Alguna vez se han puesto en contacto conmigo desde el Museo Arqueológico pero no doy mi brazo a torcer, no me gusta exhibir mis recuerdos. 

Volviendo al correo electrónico que he pedido esta mañana… Decía que ayer me dio lo que me debería de dar más a menudo. Bastante más a menudo. Una vez por semana por lo menos. Ayer me senté, teléfono en mano, y dediqué un largo rato a eliminar de forma permanente el 90% de las conversaciones que tenía abiertas en Whatsapp. Miré, por curiosidad, el almacenamiento que tenía antes de empezar con ese momento de locur… lucidez y la cantidad era de 21 gigabytes. 21 es una cifra estupenda para los trofeos de Grand Slam que ocupan  las estanterías de casa de Rafa Nadal. 21 es una edad perfecta para que a un norteamericano le dejen entrar en un bar y tomarse un cacharrito. 21 es un artículo de la Constitución que «reconoce el derecho de reunión pacífica y sin armas». Y 21 es un número arábigo que si lo cambias a romano pasa a ser un siglo de mucha actualidad ya que es el que estamos viviendo mientras tú lees y yo escribo: XXI. 

Lo que no es, para nada, normal es tener 21 gigabytes de conversaciones sin sentido alguno. Es decir, tuvieron su momento, tuvieron su sentido pero ya no. Algunas de las que se reciclaron ayer eran de hace ¡seis o siete años! ¿¡Qué interés tendría hoy que le preguntase a mi amigo Álvaro si íbamos a Toledo en un coche o dos!? ¡O aquella vez que fui al supermercado a por tomates y le pregunté a mi mujer si los quería para gazpacho o para ensalada en junio de 2016! Tal vez debía de haber guardado, por su importancia, esa conversación que tuve con el tapicero donde decidíamos si las rayas de la tela las queríamos horizontales o verticales. ¡Esa sí!

Pues no, ya no tengo ninguna conversación salvo una docena que he guardado con cierto criterio… o nostalgia. El resto se han ido al vertedero de las letras. Ahora, temblad fotos, temblad, que os tocará en breve. 47.167 fotos. Una detrás de otra. Algunas, digo yo que alguna habrá, merecerá la pena guardar e incluso imprimir. El resto… ¡a tomar vientos! Mi última foto es de un zapato. Si no espabilo esa foto quedará en el olvido ocupando espacio y haciendo de mí un candidato idóneo para el estudio del Diógenes Digital. 

He leído a una psicóloga que da unos ejemplos de Diógenes Digital, que son: 

  • «Acumular más de 2 fotografías iguales tomadas en sucesión;
    Guardar fotografías borrosas o mal tomadas;
  • Conservar conversaciones de WhatsApp desde hace más de 2 años;
  • Acumular correos electrónicos que carecen de significado;
  • Almacenar promociones, anuncios, ofertas por email;
  • Guardar exceso de memes;
  • Grupos de WhatsApp con más de 200 archivos compartidos;
    Almacenar discos duros con cientos de películas que nunca se ven». 

Cumplo todos y cada uno de los puntos anteriores. ¿Y tú? Sé sincero. Mira tu teléfono o tablet, vete a ajustes, almacenamiento y espera sentado. Reflexiona y piensa si necesitas esa foto del helado que te tomaste en la playa. O si tienes que guardar lo que te contó tu vecino de la reunión de la comunidad donde se habló de pintar o no las escaleras

Dice Verónica Rodríguez que el Diógenes Digital «siente un temor insuperable a necesitar más adelante los archivos guardados». ¿Y qué? Si no tienes esos archivos, busca otro más actual que te sirva. (Hablo en alto, para ver si tomo nota yo el primero). 

Añade que «son incapaces de tomar decisiones sobre lo que les sirve y lo que no, les cuesta vaciar el correo electrónico o la papelera de reciclaje». Tengo correos de tiendas que ni existen. ¡Tengo guardados correos de colegios a los que ya no van mis hijos! 

Por último, da unas pautas para salir del pozo… recomienda cosas obvias, como cualquier consejo a un adicto de cualquier sustancia. En el ordenador, el icono de la papelera en lugar preferencial. En el móvil, reflexionar sobre lo que se acumula y usar un solo dispositivo. Hacer limpieza, a lo bestia, añado yo, una vez por semana. 

Y con lo que ocupe este texto me despido. Lo publicaré en el blog y lo borraré automáticamente. 

Me llamo Gonzalo y sufro de Diógenes Digital. Llevo un día limpio.

Error de nacimiento.

En casa teníamos la costumbre de felicitarnos por la mañana y esperar a la tarde para soplar las velas en el día de nuestros cumpleaños. Llegaba el 1 de septiembre y todos, empezando por mi madre, felicitábamos al pequeño de los cuatro. Pasaban 16 días y despertábamos al siguiente tirándole de las orejas. Varias semanas después, con cierto respeto y prudencia por ser el mayor, felicitábamos al mayor de todos. Pero… conmigo era distinto. Recuerdo con cierto pudor que siempre había dudas con mi cumpleaños. ¿Por qué? Algún año me felicitaban un 30 de septiembre, otros el 1 de octubre… yo siempre me enfadaba y acababa apagando la chisporroteante llama de las velas el día de mi cumpleaños, el 2 de octubre. Siempre me pregunté la razón de estas discrepancias. Hubo tiempos que pensé que me vacilaban. Pensaba que me tomaban el pelo por mi forma de ser, entraba al trapo enseguida. También dudé de la capacidad intelectual de mis hermanos y hasta de mis padres. ¿Cómo es posible olvidar una fecha de cumpleaños? ¡Joder! ¡Que soy el segundo, no el decimoquinto! 

Han pasado más de 40 años, o no. Se acerca peligrosamente mi cumpleaños, o no. Hace unos días, seguro que sí, ordenando papeles, mi hermano encontró el documento que se le entrega a unos felicísimos padres tras el nacimiento de su hijo en el hospital. En este viene bien explicado y detallado todo tipo de detalles informando sobre lo sano o insano que es el bebé. Peso, altura, perímetro craneal, perímetro torácico, inspección del cráneo, de la cara, del cuello, del tórax… juicio clínico y… ¡fecha de nacimiento! Pues bien, 45 años después, o no, me entero de algo que me ha perturbado de tal forma que no sé si sigo siendo yo o soy otro, si soy quien me dijeron ser o no, tengo cierto sentimiento de culpa por haber mentido durante tanto tiempo a tanta gente. No nací el día en el que me empeñaba en ser felicitado sino ¡cuatro días antes! 

¿Qué hago? ¿Qué debo hacer? ¿Cuando me van a felicitar ahora? ¿Cambiará mi signo del zodiaco? Mi carta astral se va a tomar por… Nada tiene sentido. No soy el mismo. Soy otro. Soy mayor de lo que era. Hubiese podido conducir unos días antes. Hubiese podido entrar en ciertas discotecas antes. ¡Me he perdido cuatro días de tantas cosas! ¿A quién se le reclama esto? ¿A qué ventanilla voy? ¿Esto tendrá un precio? ¿Quién me paga esta frustración? Arriaga Asociados, dejad los sellos y el tema del banco que vendieron por un euro, centraos en mi caso. 

Ya no sé si soy yo quien escribe o es mi yo del 2 de octubre. No sé si soy del 28 de septiembre o de unos días después. ¿Me podré jubilar cuatro días antes? Me surgen tantas dudas… ¿podré entrar al Hogar del Jubilado a finales de septiembre o tendré que esperar a octubre?

Por si acaso, a partir de ahora celebraré mi cumpleaños el 28 de septiembre y el 2 de octubre. Tú eliges cuando quieres felicitar a este pobre incomprendido. Y sobre por qué nunca me dijeron nada… me quedaré sin saberlo. Tengo muchas hipótesis y ninguna es buena ni convincente. Así que me quedaré con la duda. 

Se despide un tipo que no tiene claro nada. ¡Hasta la próxima, o no!



No puedo dejar de mencionar a dos personas muy importantes en mi vida. Don Luis Torres Pérez y don José de la Cruz y Castillo, Encargado y Secretario del Registro Civil de la calle Pradillo en el año 1975. Imagino el nivel de despiste que debían de tener aquél día que alguien fue a inscribir a este recién nacido que os escribe. Vieron una fecha a pie de página y la dieron por buena. Me destrozaron la vida. Así de claro. ¡Me destrozaron la vida! Mientras ellos metían la pata, el guión de mi vida cambiaba totalmente. ¿Cómo se retrocede? ¿¡Cómo!?¿Hubiese cambiado algo en mi vida? A saber. Me moriré sin saberlo… pero con dos fechas de nacimiento, ¡con dos cumpleaños!


Es obvio que es todo en tono de humor.

Navas

Me acuerdo cuando te veía escribir en tu vieja máquina de escribir tras aquella cortina de humo de pipa y con cierto disco de Abba de fondo. En alguna ocasión me dejaste leer algo. Otras veces no. Dejaste a Abba, dejaste la pipa y dejaste la máquina de escribir. Pasaste a un PC, rancheras y BN, que sería bajo en nicotina pero altísimo en olor. En tus cajones había disquetes con guiones para televisión, capítulos de novelas y mucha idea suelta. Recuerdo el día que descubrimos juntos cómo hacer un guión a dos columnas en aquél Amstrad portátil con pantalla verde. Hoy hubiera sido mucho más sencillo.

No puedo olvidar el amor que nos inculcaste a la pelota. Debiste de pensar que aún éramos flojos para jugar a mano por lo que nos regalaste una buena pala corta a cada uno. Recuerdo estar sentado en la primera fila del graderío del Frontón Madrid viendo como ponías el esparadrapo en mi pala mientras con el otro ojo me embobaba mirando a un viejo pelotari quitarse las almohadillas tras un duro partido.

Recuerdo aparcar en la zona de prensa del Vicente Calderón e ir de tu mano andando hasta el estadio para subir a nuestros asientos y ver a mi Atleti, tú siempre fuiste del Madrid… o no, domingo tras domingo. Me dejabas escaparme y, hasta a veces, quedarme a ver el partido desde la cabina de José María García. Otras veces, yo creo que años más tarde, íbamos a la COPE a ver los partidos en la misma radio. Para mí, lo de menos eran los partidos, disfrutaba viendo cómo se cocinaba un programa de radio en vivo y en directo. Siempre me pregunté por qué le ponían una silla a García si nunca la usaba, trabajaba de pie.

Viajamos al pasado en Laguardia. Nos escapamos a investigar la historia de nuestro apellido. ¡Llegamos hasta el siglo XV o XVI! Tuvimos la suerte en dar con la persona adecuada en el momento adecuado. Aquél párroco nos abrió las puertas del archivo y volamos hasta la época del mismísimo Colón. Años después te regalaron el letrero de hierro fundido de la Calle Mayor que conservo con mucho orgullo.

En todos los viajes que hacíamos por España acabábamos viendo a algún amigo o familiar. Supiste mantener contacto con tus amigos de siempre. Me regalaste ese don. Ahora lo «sufren» mis hijos, tus nietos, pero, sé con certeza que lo sabrán agradecer. El presente es el futuro de nuestro pasado. Somos como somos por mucho más que lo genes. Hoy he hablado con muchos de tus amigos del periódico, del colegio, de tu infancia… de siempre. En qué cabeza cabe que hasta que has podido has ido todos los primeros martes de cada mes a comer con tus compañeros del Pilar desde hace ¡más de 60 años! Y no fallaste nunca. Las últimas veces en La Cocina de María Luisa, en Jorge Juan. La oficina de la Fundación estaba al lado y en más de una ocasión te veía llegar una hora antes de vuestra comida para charlar con María Luisa y Ángel de Navaleno y vuestras cosas. Lo van a echar de menos. Ya me encargaré yo de ir a verles. No lo dudes.

Papá, nos enseñaste que la vida no es una broma aunque con ese sentido del humor que tanto te caracterizaba se veía de otra forma. Esta foto dice mucho de esto. Creo que fue en la boda de Carlos. Hasta poco antes de ponerte muy malo te reías de la vida, te reías de la muerte. Recuerdo preguntarte acerca de estos temas y siempre me contestabas con mucha ironía. Tenías que haber sido inglés. Me ponía negro. Iba a tu casa en modo serio para preguntarte dudas sobre tu futuro y salía con una mezcla de enfado y risas por tu culpa.

Desde que tengo uso de razón vivo con ese «eres igual que tu padre» en la mochila. No hay nadie, nadie, que haya conocido de tu entorno que no me haya dicho esa frase. Incluso por la voz me lo dijo una vez un empleado de Televisión Española. Con cierto nerviosismo, tras oírme hablar, me preguntó si era hijo de Navas, el corresponsal, y cuando le dije que sí se echó a llorar de la emoción. Habían pasado más de 40 años y te escuchó por mi voz. Yo todavía sigo asombrado. Será, entonces, que sí que me parezco a ti. Hasta tal punto que, para que no haya duda, llevo unos años llevando boina. Siempre quise ir a una de tus cenas mensuales del Club de Amigos de la Boina donde os juntabais veinte o treinta rara avis vistiendo vuestras negras prendas de lana. Debíais de pasarlo en grande. Hoy la llevo con orgullo.

Papá, nunca nos gustó esa cursilería de «allá donde te encuentres» porque los dos sabemos que cuando cascas te vas uno o dos metros bajo el suelo. En tu caso a Navaleno, a Soria. Navaleno, donde ya casi no queda nadie más que los Maños y tu prima, aunque andar por allí es andar contigo. Imaginarme con el Land Rover aparcado frente al Maño, Ingo sentado en la puerta y escuchar a Pepe cantar jotas mientras mamá y María Luisa se ponían al día de sus cosas. Sigo yendo y bien lo sabes, aunque ya todo es recuerdo.

Te debo un libro, lo sé. Es lo que más me pesa. Llegará. Lo prometo. Ya no podré mandarte mis entradas del blog que siempre te gustaron. Gracias por inculcarme la pasión por escribir… sigo pensando que fuiste muy generoso con tus críticas.

Aquí lo dejo. Me dejo muchas cosas. Gracias por inculcarme el amor por la familia, por nuestro pasado, por los amigos y, sobre todo, por la Virgen del Pilar. Descansa en Paz.

Cierto tipo de personas no merecen vivir.

El País abre sus páginas digitales con la noticia sobre la anulación de multas en el Estado de Alarma por parte del Constitucional. Alguna comunidad se salta el «semáforo» de Sanidad, una maravillosa guía para el veraneante español, la Eurocopa, varias noticias sobre ella, y, por fin, tras dos últimas noticias de relleno aparece la que, para mí, sería la portada del día: «Hallado en el mar el cadáver de Olivia, la mayor de las dos niñas secuestradas por su padre en Tenerife». 

El Mundo, din embargo, lo destaca como tercera noticia tras dos importantísimas notas sobre los posibles resultados en Andalucía con los datos de una interesantísima encuesta realizada recientemente: «Hallan el cadáver de Olivia. La Guardia Civil sólo trabajó con la hipótesis de que Gimeno acabara con la vida de sus hijas». 

La Razón lo sube aun segundo puesto siguiendo a una noticia sobre la rebelión existente en algunas Comunidades Autónomas que quieren igual trato que Cataluña. Dice: «Hallan el cuerpo de Olivia, la mayor de las niñas, dentro de uno de los petates que Tomás cargó a la barca». 

Finalmente, ABC, lo destaca como la noticia más importante del día, en un primer lugar, precediendo a noticias sobre política, deporte, sanidad… «Gimeno arrojó a sus hijas al mar en dos bolsas lastradas con el ancla de su lancha». 

Es ahí, desgraciadamente, en ese primer hueco del periódico donde creo que debe de estar esta miserable noticia. El mundo se debería de parar por unos instantes para que podamos darnos cuenta de lo mala que puede llegar a ser una persona. La vida política sigue, nada la parará. La Eurocopa, con España infectada o no, se jugará. Lleguemos a cuartos o no. Da igual. Las vacunas, ay, las vacunas… seguirá incrementándose el número de vacunados y bajará el de afectados. Es obvio, no pasa nada por enterarnos de eso un día después. La vida nunca parará. No. 

O sí. Sí se detendrá de golpe si llega un ser abominable y decide, que por odio y rencor a su exmujer, acabar con la vida de sus hijas. Hijas que ninguna culpa tienen de nada. Hijas que todo lo que han hecho en su corta vida ha sido sacarle una sonrisa a quien tuvieran delante. ¿Es que acaso una niña de esa edad puede tener maldad suficiente para ser asesinada? Ojalá aparezca su hermana, otra inocente criatura que apenas ha tenido tiempo de vivir. Ojalá aparezca, aunque me temo, que al igual que su hermana, poco se podrá hacer. 

Este tipo de noticias, este tipo de casos de la crónica negra de España, deberían abrir los espacios informativos. Deberían de poner cara a esta gentuza. Tendríamos que saber entre quien vivimos, entre qué tipo de escoria respiramos. Soy, incluso, partidario de que haya fotos de estos asesinos por las calles. Que se les ponga cara. Que se sepa quienes son. No merecen espacio entre nosotros. No merecen libertad. Y el que sepa quienes son, que lo denuncie sin ningún tipo de tapujos. ¿O es que un cerdo como Tomás merece el mismo respeto y los mismos derechos que tú? Ya está bien. La privación de libertad, la cárcel, se me queda corta. Que Dios me perdone… cierto tipo de personas no merecen vivir. 

¿Qué puede tener alguien en su cabeza para cometer semejante atrocidad? ¿Cuanto odio acumulado? ¿Cuanto odio? ¿Qué pudieron hacer esas niñas? ¿Qué hicieron más que vivir y querer ser felices? ¿Qué le hizo su mujer? Nada, por mucho que fuera, merecía este final. Insisto, no merece vivir. Ni un minuto más.

Olivia y Anna, descansad en paz. 

Beatriz, se hará justicia. 

Pablo Andújar o el poder de una familia

Fue en noviembre de 2018 cuando en un vuelo de vuelta a casa coincidí con Pablo Andújar que venía con el trofeo del Challenger de Buenos Aires bajo el brazo. Batió al argentino Pedro Cachín en dos sets (3-6 y 1-6) y en su propia casa. A principios de ese año, 2018, Pablo ocupaba el puesto 1690 en el ranking ATP. Tras esta victoria pasó a ocupar el puesto 83. Estuvo un par de años retirado. Operaciones. Recuperaciones. Operaciones de nuevo. Recuperaciones. Hasta llegar el Tata Open Maharashtra de Pune donde volvió pero no pudo superar al chileno Jarry. Fue en el Rio Open (ATP World Tour 500) donde logró su primera victoria del año ante Gerald Melzer. Después llegaron victorias en Alicante, Marrakech… así de bestial fue su regreso. 

Hace unos días jugó contra Federer en Suiza. Ganó con un 4-6, 6-4 y 4-6. Histórico. Ayer, en su presentación en el Torneo Roland Garros de este año remontó dos sets en contra y terminó ganando a un número 4 como Dominic Thiem. Tras cuatro horas y media de partido se marcó un 4-6, 5-7, 6-3, 6-4 y 6-4 que ocupó las portadas de todos los medios deportivos. Se arrodilló para celebrarlo en la arcilla y flaqueó de tal forma que cayó rendido en el suelo. Seguro que no fue por cansancio físico sino por la emoción acumulada. Emoción que reflejó en las pantallas de Eurosport con cuatro nombres y un «os quiero». Pablo, Alex, Carlos y Cristina sustituían a la típica firma que realizan los jugadores tras el partido. Pablo, Alex, Carlos y Cristina: motor, sin duda, que ayudaron a los brazos de Andújar frente a Thiem. Pablo, Alex, Carlos y Cristina: equipazo que junto a Pablo forman ese quinteto que se va llevando por delante a adversarios de la talla de Federer o, en este caso, Thiem. Pablo Andújar lo sabe bien, sin la ayuda de su familia, sin ese apoyo, posiblem… seguramente hoy estaría viendo esos torneos desde casa, sentado frente al televisor  y con una rabia contenida por no poder jugarlos. Gracias a su familia, a su mujer y a sus hijos, puede hacer que sus seguidores y amigos le veamos conseguir gestas como la de ayer. Dando un golpe de rabia sobre la mesa y gritando «¡Enorme, Pablo! ¡Enorme!» Es Pablo Andújar o el poder de una familia quien gana esos partidos. Quien sigue avanzando, paso a paso, superando aquellos años de angustia debidos a una terrible lesión. Se lesionó uno, se curó la familia entera. Nos curamos todos. Recomiendo leer la carta que Cristina, su mujer, escribió con motivo de su regreso.

Hay que darle gracias por sus logros, sus triunfos, los buenísimos ratos que nos hace pasar, claro que sí… gracias por todo ello, Pablo. Pero, sobre todo, Pablo, gracias, mil gracias por ser un ejemplo. Eso no tiene precio. Poner a tu familia por delante de tus propios méritos es todo un modelo a copiar. ¿Cuántos empresarios, deportistas, artistas, trabajadores… están donde están y creen que es por su cara bonita o por su esfuerzo personal? Sí, seguro que eso también les ha ayudado a escalar varias cimas pero son esas familias que quedan en la sombra, en casa, las que dan ese último empujón, ese último esfuerzo, cuando hace falta. No todos lo reconocen pues, tal vez, no todos sean conscientes de ello. Pablo, tú lo eres y encima lo cuentas. Es verdad que también tiene que haber periodistas como Antonio Arenas que sonsaquen hasta la última gota de los sentimientos de sus entrevistados. Pero ahí tienes que estar tú, y muy pocos como tú, que nos contagian con esa emocionadísima felicidad tras otra de tus gestas, tras otra de tus «Andujaradas». 

Gracias, Pablo. Que pase el siguiente.