Mi verruga y yo



Ahora que acaban de examinarse miles de jóvenes adolescentes de la Selectividad (cómo será de pésima la educación actual que no saben si llamarle EVAU o EBAU), muchos de ellos andarán dándose los primeros baños del verano pensando si entrarán en Medicina o Empresariales; Farmacia o Industriales; Moda o ADE; Derecho o INEF… Suerte a todos ellos. Algunas de estas carreras estuvieron muy en boga hace unos años y ahora ya no tanto. Otras, nadie las quiso en los 80 y 90 y ahora hay bofetadas por entrar. Y otras pocas, como Enfermería, no pasan de moda. 

En 2021 la nota de corte para acceder a Enfermería en la Universidad Autónoma de Madrid fue un 12,743. Casi la excelencia. Está claro que para ser enfermero se han de requerir unos conocimientos importantes de ciertas materias, que se saben gracias a la Selectividad, Evau o Ebau. Pero, también, para ser un buen enfermero, o enfermera (no se vaya a enfadar algún lector, o lectora), hacen falta otras aptitudes difícilmente evaluables como puede ser la calidad humana; la empatía; la simpatía; la resistencia física; la estabilidad emocional; la habilidad de comunicación; y, principalmente, la paciencia. Paciencia infinita que han de demostrar tener con pacientes como el que esto escribe. 

En los últimos diez o quince años voy al Centro de Salud varias veces al año. A ver, que tampoco estoy tan mal, pero ciertos médicos y una mujer insisten en que tengo que ir a que me vean esto y aquello. Colonoscopias, endoscopias, grapas por aquí, grapas por allí, escayolas, vendajes, triple vendaje, resonancias… y criogenización de «mi verruga». 

Mi verruga porque es mía y solo mía. De nadie más. No es de nadie más que mía. O era. Ya no es de nadie. Tal vez de la Ciencia. Ya no está. Me la han robado. Hace unos días, empujado por mi mujer, fui a que mi médico de cabecera le echase un vistazo. Me riñó. Siempre me acaba riñendo. Que cómo era posible que la tuviese así. ¡Qué más dará! De sufrirla, solo la sufro yo. Total, que casi me pone a escribir 100 veces «las verrugas no se cortan ni se muerden ni se lijan». Le hizo varias fotos como si de un huevo frito con chorizo se tratase para un menú de platos combinados y se las mandó al dermatólogo. A éste debió de darle tanto asco que le pasó el marrón a una enfermera, Beatriz se llama. Beatriz, que no podía imaginarse con quien iba a lidiar, me llamó muy amablemente y me dio cita para hacerme un Walt Disney en el dedo meñique: hacerle pasar a mejor vida a base de frío. 

Hoy he ido a mi cita con Beatriz. Me temblaba el dedo. Yo la miraba con ojos de cordero degollado rezando para que nada grave ocurriese. Total, en caso de perder el dedo tengo otros nueve en las manos y otros diez en los pies, me consolaba. Además, el meñique sirve de poco salvo que seas de esa especie humana que lo usa para sacudirse el interior del oído soñando sacar un tesoro y observarlo maldiciendo: «¡Cáspitas! Otro kilo de cera y nada de petroleo, con lo cara que está la gasolina». Hay, incluso, gente muy meticulosa que lo pone a la luz sin darse por vencidos. Nada. No hay petroleo. 

Pues bien, Beatriz me ha invitado a sentarme en una camilla y nada más empezar su inofensivo interrogatorio, me ha mirado fijamente a la cara y ha decidido largarse por la misma puerta por la que entramos un minuto antes. Poco después ha vuelto acompañada de otra enfermera. Entre las dos han conseguido convencerme de que saldría vivo de ese espantoso lugar. Me aseguraban que el dolor sería mínimo. Confiaban en que no moviese la mano y, ante la duda, una sujetaba mientras la otra me abrasaba el dedo. Todo ha ido bien. He llegado al coche y una vez sentado, antes de arrancar, he contado y estaban allí todos: el pulgar, el índice, el corazón, el anular y el pobre meñique, escondido bajo una blanca gasa y un pegajoso esparadrapo. Me acordaba de aquella serie de dibujos animados en que los glóbulos rojos, capitaneados por un tipo con una larga barba blanca, navegaban por las venas subidos en unas Zodiak con aspecto de naves espaciales. Imaginaba a una gran legión de ellos corriendo apresurados a poner orden en mi malherido meñique. Así lo notaba por las pulsaciones que allí latían. Una vez en casa lo volví a mirar. Comprobé que seguía unido a los otros cuatro de esa misma mano y me vino a la cabeza la cara de asombro de Beatriz. 

Tal vez Beatriz obtuvo una notaza para matricularse en Enfermería. No lo dudo. Seguro que logró unos resultados excelentes en Lengua, Matemáticas, Historia, Inglés… pero me pregunto: ¿y si le llegan a decir que una vez acabe la carrera se va a encontrar a pacientes como yo?

«He pensado que Enfermería tampoco me va a llenar tanto, igual Informática es mejor». 

Mi verruga y yo os dejamos por hoy. Mi verruga… descansa en paz. 

verruga

Del lat. verrūca.

1. f. Excrecencia cutánea por lo general redonda.

2. f. Abultamiento que la acumulación de savia produce en algún punto de la superficie de una planta.

3. f. coloq. Persona o cosa que molesta y de que no se puede uno librar.


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