Almacenamiento casi lleno: Diógenes Digital.

Hoy me ha pasado algo que hasta ayer no me hubiese ocurrido jamás. Necesitaba el correo electrónico de una persona. Este mismo contacto se lo mandé yo hace dos años a una amiga. Según he ido a buscarlo a mi conversación con ella en la aplicación Whatsapp he visto que, oh, horror, ayer me dio el flus de borrar todas mis conversaciones de Whatsapp. He borrado compulsivamente sin prestar atención al contenido que allí archivaba desde que existe esa maldita aplicación. Me recordó un poco a mi cajón de calcetines. ¡Hay calcetines guardados de mi uniforme del colegio hasta con su pareja! Quien me conoce sabe que padezco ese temor a deshacerme de cosas. 

Hasta hoy era consciente de que eso pasaba con cosas materiales. Una pegatina del Mundial 82, el uniforme del equipo de fútbol del colegio, un disfraz que usé una vez en 4º de EGB, fotos carnet guardadas cronológicamente desde mi primer pasaporte allá por 1975, una calculadora que no funciona de 1985, todas mis notas del colegio (¡son para enseñarlas!), y no sigo que me da vergüenza. Alguna vez se han puesto en contacto conmigo desde el Museo Arqueológico pero no doy mi brazo a torcer, no me gusta exhibir mis recuerdos. 

Volviendo al correo electrónico que he pedido esta mañana… Decía que ayer me dio lo que me debería de dar más a menudo. Bastante más a menudo. Una vez por semana por lo menos. Ayer me senté, teléfono en mano, y dediqué un largo rato a eliminar de forma permanente el 90% de las conversaciones que tenía abiertas en Whatsapp. Miré, por curiosidad, el almacenamiento que tenía antes de empezar con ese momento de locur… lucidez y la cantidad era de 21 gigabytes. 21 es una cifra estupenda para los trofeos de Grand Slam que ocupan  las estanterías de casa de Rafa Nadal. 21 es una edad perfecta para que a un norteamericano le dejen entrar en un bar y tomarse un cacharrito. 21 es un artículo de la Constitución que «reconoce el derecho de reunión pacífica y sin armas». Y 21 es un número arábigo que si lo cambias a romano pasa a ser un siglo de mucha actualidad ya que es el que estamos viviendo mientras tú lees y yo escribo: XXI. 

Lo que no es, para nada, normal es tener 21 gigabytes de conversaciones sin sentido alguno. Es decir, tuvieron su momento, tuvieron su sentido pero ya no. Algunas de las que se reciclaron ayer eran de hace ¡seis o siete años! ¿¡Qué interés tendría hoy que le preguntase a mi amigo Álvaro si íbamos a Toledo en un coche o dos!? ¡O aquella vez que fui al supermercado a por tomates y le pregunté a mi mujer si los quería para gazpacho o para ensalada en junio de 2016! Tal vez debía de haber guardado, por su importancia, esa conversación que tuve con el tapicero donde decidíamos si las rayas de la tela las queríamos horizontales o verticales. ¡Esa sí!

Pues no, ya no tengo ninguna conversación salvo una docena que he guardado con cierto criterio… o nostalgia. El resto se han ido al vertedero de las letras. Ahora, temblad fotos, temblad, que os tocará en breve. 47.167 fotos. Una detrás de otra. Algunas, digo yo que alguna habrá, merecerá la pena guardar e incluso imprimir. El resto… ¡a tomar vientos! Mi última foto es de un zapato. Si no espabilo esa foto quedará en el olvido ocupando espacio y haciendo de mí un candidato idóneo para el estudio del Diógenes Digital. 

He leído a una psicóloga que da unos ejemplos de Diógenes Digital, que son: 

  • «Acumular más de 2 fotografías iguales tomadas en sucesión;
    Guardar fotografías borrosas o mal tomadas;
  • Conservar conversaciones de WhatsApp desde hace más de 2 años;
  • Acumular correos electrónicos que carecen de significado;
  • Almacenar promociones, anuncios, ofertas por email;
  • Guardar exceso de memes;
  • Grupos de WhatsApp con más de 200 archivos compartidos;
    Almacenar discos duros con cientos de películas que nunca se ven». 

Cumplo todos y cada uno de los puntos anteriores. ¿Y tú? Sé sincero. Mira tu teléfono o tablet, vete a ajustes, almacenamiento y espera sentado. Reflexiona y piensa si necesitas esa foto del helado que te tomaste en la playa. O si tienes que guardar lo que te contó tu vecino de la reunión de la comunidad donde se habló de pintar o no las escaleras

Dice Verónica Rodríguez que el Diógenes Digital «siente un temor insuperable a necesitar más adelante los archivos guardados». ¿Y qué? Si no tienes esos archivos, busca otro más actual que te sirva. (Hablo en alto, para ver si tomo nota yo el primero). 

Añade que «son incapaces de tomar decisiones sobre lo que les sirve y lo que no, les cuesta vaciar el correo electrónico o la papelera de reciclaje». Tengo correos de tiendas que ni existen. ¡Tengo guardados correos de colegios a los que ya no van mis hijos! 

Por último, da unas pautas para salir del pozo… recomienda cosas obvias, como cualquier consejo a un adicto de cualquier sustancia. En el ordenador, el icono de la papelera en lugar preferencial. En el móvil, reflexionar sobre lo que se acumula y usar un solo dispositivo. Hacer limpieza, a lo bestia, añado yo, una vez por semana. 

Y con lo que ocupe este texto me despido. Lo publicaré en el blog y lo borraré automáticamente. 

Me llamo Gonzalo y sufro de Diógenes Digital. Llevo un día limpio.

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