El abuelo de Carlitos Alcaraz


19 años recién cumplidos. Solo 19 años. No 19 años cualquiera. 19 únicos años. Carlos Alcaraz Garfia, nacido en El Palmar un lunes de mayo de 2003. Ese mismo día un joven David Ferrer batía a su ídolo Agassi en Roma (0-6, 7-6, 6-4). Ese día nacía en la provincia de Murcia un bebé que Carlos y Virginia, sus padres, no podrían ni imaginar lo que les iba a regalar 19 años después. 

Una ciclogénesis explosiva ha pasado por Madrid esta semana pasada. Tornados, tormentas, temblores… Madrid se agitaba de tal forma que todos querían ser testigos de ello. En el epicentro, el origen de todo ello Huracán Carlitos. Demostrando un desparpajo impresionante, una falta de vergüenza tal, unas tablas sobre el escenario solo posibles en quien lleva años sobre ellas… se ha llevado por delante nada más y nada menos que al mejor tenista de todos los tiempos, Rafa Nadal; al número 1 Nole Djokovic; y a un, todavía sorprendido, número 3 Sascha Zverev. Los casi dos metros del alemán han sido eclipsados por un casi imberbe Alcaraz. En poco más de una hora ha avasallado con un contundente 6-3, 6-1. 

Nadal, Djokovic, Zverev… los tres coinciden en lo mismo: estamos ante el futuro número 1 del ranking ATP. Número 6 hoy. «El mejor jugador del mundo», decía Zverev tras recibir su premio de consolación. Está más que claro que en lo deportivo sabemos que tenemos ante nosotros al futuro rey de los torneos. Algo me dice que también lo será en el aspecto humano. Un jovencísimo tenista, viviendo lo que está viviendo, abrumado por la actualidad que él mismo está construyendo partido tras partido, se detiene un momento a pensar en alguien muy importante en su vida: su abuelo Carlos. «Cabeza, corazón y cojones». Tres ingredientes necesarios de los que Alcaraz se acordó minutos después de ganar a su ídolo y todopoderoso Nadal. No puede pasar desapercibido ese recuerdo a alguien como un abuelo. Los abuelos, hoy más que nunca, lo son todo. La sociedad ha querido darles un durísimo y sacrificado trabajo extra que, por supuesto, realizan de mil amores: el cuidado de sus nietos. Hasta que el Gobierno y las empresas no encuentren una solución y consigan que la conciliación familiar exista, son los abuelos los que suplen a los padres en tareas que por el paso de los años tenían olvidadas. 

Todo un detallazo el de Carlos, Carlitos Alcaraz, recordar a su abuelo. Ese que, seguro, le acompañaba de la mano a las pistas, con las raquetas a su vieja espalda, para que su nieto se convirtiera en lo que es hoy: un orgullosísimo nieto que se va a comer el mundo. 

¡Gracias, abuelos!


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