Especial, no, lo siguiente 

 
Hace unos meses le conté a mi familia que había empezado a trabajar con la Fundación Andrés Marcio, Niños Contra La Laminopatía. Ya les había hablado de ella pero les hice saber que a partir de ese momento ya formaba parte de la fundación. Al cabo de unos días me llamó mi cuñada Teresa para invitarme a ir al colegio donde trabaja como profesora. Es un colegio de educación especial, el Colegio Público de Educación Especial Princesa Sofía. El motivo de la visita era que los alumnos del centro representarían una obra de teatro para dar por finalizado el curso. 

Especial… No, no es especial. Es más que eso. Es la pera. Es un colegio donde todos y cada uno de los alumnos, cien si no recuerdo mal, tienen algo que les diferencia de la mayoría. No voy a entrar en detalles ya que desconozco el diagnóstico de cada uno. Son algo más de cincuenta empleados los que dedican su tiempo en cuidar, atender y educar a estos niños. 

Llegué a eso de las 11 de la mañana. La obra de teatro comenzaría pasadas las 12. Tuve la oportunidad de conocer distintos rincones del colegio. La calse de música, la de actividades plásticas, el centro hogar, donde les enseñan cosas de la casa, del día a día, el aula de religión, el gimnasio, patios, comedor… Todos igual al de un colegio cualquiera pero adaptado con camas para cambiar a los niños, gruas para los más grandes, pictogramas para comunicarse con algunos, etc. 

Ayudamos a decorar alguna silla de ruedas para la obra de teatro. Saludé y fui saludado por infinidad de alumnos. Todos con esa curiosidad infantil hacia el desconocido. Autismo, Down, retrasos… se respiraba mucho drama familiar por los pasillos. Imaginaba el momento de un padre al tener que decidir cambiar a su hijo de un centro típico a uno de educación especial al darse cuenta que lo que su hijo tiene no es simplemente un episodio de inmadurez sino algo bastante más serio. Aún así, según levantaba la mirada y veía al personal que allí trabaja, me ponía en la piel de esos padres y me quedaba más tranquilo. 

Llegó el momento de la representación. Todos en el gimnasio que hacía de camerinos. Los profesores nerviosos. Los niños ilusionados. Alguno pataleando por que no quería disfrazarse. Otros con ganas de empezar. Otros ensayando para hacerlo mejor todavía. 

Entran alumnos de colegios de la zona que vienen a ver la obra. Se sientan. Aparece Esperanza, la directora, y micrófono en mano explica lo que van a ver. Pide silencio y se abre el telón. 

La obra, preciosa, trataba de una princesa que aterrizaba en la Tierra y recorría  sus distintos lugares: África, los polos, el agua, el sol, las nubes… He de reconocer que se me saltaron más de una y más de dos lágrimas. Los que me conocéis sabéis que soy de lágrima fácil. De repente me puse a pensar en los niños. No lloraba por ellos. No. Vale, ellos emocionan, te capturan con su mirada. Te abrazan sin tocarte. Pero esas lágrimas caían cuando vi el cariño con que las profesoras trataban a esos niños. Lo que ese grupo de profesionales ha tenido que luchar por conseguir ese pedazo de actuación es inimaginable. Si mis hijos tardan dos o tres meses en ensayar entre clases la función de Navidad, estos niños llevan desde octubre. Ocho meses, todo un curso, para poder hacernos disfrutar a los que allí estábamos. Rompia el teatro a aplausos cada dos por tres. Todos los niños del público eran conscientes del esfuerzo que allí se veía. Impresionante. 

Quiero dar las gracias, en primer lugar a Teresa por invitarme. No es consciente de lo que he disfrutado. De lo que he aprendido en unas horas. También a Esperanza, su directora, por el gran equipo que tiene. Por el maravilloso trabajo que dirije. Y a sus profesores, Diego (música), Noelia (teatro), Ester, Patricia, Marga… Todos. Gracias por cuidar de estos chicos. Ya sabía que iba a un sitio especial, pero no tanto. Gracias. 

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