Papá, quiero ser como ellos.

Me llama mi mujer desde la pista 6: “Tráeme el teléfono, que me lo he dejado en casa, por favor. Lo necesito después de terminar.” Está jugando al padel con tres amigas. Se viene mi hijo pequeño conmigo. Llegamos, me siento a verlas jugar un rato. Él, que es un loco del fútbol, se da la vuelta y, a mis espaldas, ve un partido de fútbol en el campo de césped artificial.


“Papá, tienes que verlo. Mira quién juega.” Me levanto. Me giro. Y vemos juntos el partido. Partidazo. Un equipo uniformado con petos. El otro con camisetas de equipos de primera y alguna selección nacional. Juegan de cine. Atacan. Defienden. Festejan. Se quejan. Alguna falta. Alguna mano. Un par de goles. Hemos visto los últimos diez minutos de un gran partido. Un partidazo. Mucho mejor que los de la Champions, que los de Liga. Muchísimo mejor.


Jugaban quince o veinte estrellas de las de verdad. Jugaban quince o veinte niños con Síndrome de Down.

“Papá, quiero ser como ellos. Quiero jugar con ellos.”

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